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Sol Linares

DICCIONARIO SENTIMENTAL DE VERBOS


Alexei Kondakov, artista plástico ucraniano. Recontextualiza el arte clásico en la vida moderna.

Besar es un poco “salir de nuestro proscenio y entrar al proscenio del otro”. Hace falta abrir un boquete en nuestro círculo imaginario, respirar profundo y tocar las puertas de un santuario ajeno, sólido y palpitante.

Salir de uno mismo para besar no es cosa sencilla. Distinto es salir a trabajar, a pasear, llevar los chicos al cole, subir a un autobús, abrir una ventana… Todo esto implica la verificación de una rutina saludable, es decir, la confirmación de que cada una de las leyes físicas que rigen el mundo siguen funcionando perfectamente: las Leyes de Newton, las Leyes de Kepler, el Principio de Arquímides, Ley de Graham, Ley de inercia mecánica, Ley de Gutenberg, la Teoría de la Relatividad, la Ley de Murphy, la Ley Orgánica del Trabajo, la Ley de Sanciones Internacionales, en fin, significa salir de casa hacia un mundo que nos recibe en el mismo orden en que lo dejamos ayer. No hay bochorno. En cambio besar constituye un salir distinto, un salir-se que cambiará todo inmediatamente después, en el sentido estricto al que se refiere Octavio Paz: el mundo cambia cuando dos se besan.

Por otro lado, la torpeza o éxito de un beso obedece a la torpeza o soltura que tengamos para salir de nosotros mismos y caminar hacia la boca que nos gusta. Antes, imaginamos los gestos que deben acompañarnos en ese viaje: los ingenieros de un beso son todo tipo de anticipaciones. Seleccionamos de entre todos los gestos uno oblicuo, rendido, contrariado. En nuestro rostro se monta el espíritu de un eclipse lunar; nos ensombrecemos de tal manera que apenas queda el hambre de la boca iluminada por una leve fluorescencia. Los más expertos en el tema rodean el beso durante un buen tiempo. Cortejan la boca desde afuera (hacerla esperar), siembran desesperación en lugar de calmar las ansias, hasta que aquella boca no sólo se halla dispuesta, sino que además camina hacia ti y te devora. Nosotros, los más torpes, fabricamos un mapa del beso: Esta equis de acá soy yo; esta equis de aquí, eres tú. Podemos llegar a ser tan torpes que, habiendo escrito previamente un libreto basado en los consejos de los amigos, nos tropezamos con aquello que no estaba en nuestros planes y llegamos a la boca que nos gusta un poco cansados de soñarla. Pisamos al gato, nos tragamos el chicle de menta, pinchamos un ojo con la nariz o sacamos la lengua antes de tiempo. También hay los más meticulosos; encienden velitas para crear una atmósfera de placenta, ponen algo de blues y se comportan como si besar se tratara de desactivar una bomba.

Sea cual fuere el caso, todos ponemos cara de mantra para besar. Cara de Om. Cara de precipicio. La boca está delante de nosotros. Su monarca, una lengua bruñida que reposa bajo el paladar, ahuecada en el muelle de calcio, es implorada. Nos aproximamos con un rostro abandonado, de dulce desidia. Ábrete Sésamo. La boca se abre y atravesamos con la lengua todas las sombras de una cueva tipo Chauvet-Pont-D’Arc. Parece mentira que esa boca, que hiede en las mañanas, miente, ensaliva ante un paté de hígado o recita de memoria el estribillo “me gusta cuando callas porque estás como ausente”, sea la boca donde empieza nuestro delirio. Besamos y es como la juntura de dos templos. Como meter un cuchillo en el tomacorriente. Milagro que al abrir los ojos, sigamos estando allí, trémulos e invictos.

En un beso sabrás todo lo que he callado, dijo Neruda. Y hoy amanecí con ganas de besarlos a todos. O de morder no sé qué cosa. A veces el mundo tiene forma de boca, sucia, tersa y desquiciante. La cloaca de la historia, de la evolución humana. En días así, provoca besar lo que aborrezco, lo que temo y lo que admiro en este mismo orden. Provoca abrir paso entre la gente, recibir la hostia y besar al cura con olor a niño violado, a cruz rentada. Pasar la lengua por la mollera de Gandhi, besar al indigente que se quedó dormido a los pies del cajero, y a la madre drogadicta que revisa sus bolsillos para robarlo. Pedirle un beso a ese hombre bello delante de su esposa. Besar un poco a un caballo. Besar el pomo de la puerta. Besar, ¡ay!, cómo quisiera besar a Nietzche sifilíticco, escarbar su bigote horroroso y llegar a esa boca que dijo: Dios ha muerto. Provoca resucitar a Cristo con un beso en el rodaje de una película que se llame Cristo y los siete enanos. Besar a Demi Moore, a un anciano muriendo de paro cardíaco, tumbar al Ché en un cañaveral y besarlo apasionadamente, besar la boca de Molliére justo cuando pronunciaba la palabra misántropo, besar a Foucault muriendo de SIDA en algún lugar de París, al dientón de Freddy Mercury (yo misma soy dientona, lo cual no sería un beso sino una pelea de relampagueantes colmillos), besar a Caín (cómo no estuve ahí para besar a Caín). Provoca, provoca besar a Judas, practicar con los cuerpos ásperos de los árboles los besos que quería darle a Sócrates, a Siddharta, a Cuasimodo. Quisiera abrir la celda de la Carraca y, recostándome en la orilla del catre, besar profundamente a Miranda. Al capitán Garfield, al señor Sombrerero, a Charlie Brawn, a Pepe Le Pew. A todos los apóstoles. A la boca desgraciada de Stephen Hawking. A Charles Chaplin: que me quede la cara blanca como si hubiese besado a una torta. Besar a Piar el día que lo fusilaron. Subirme a una silla y besar a Cortázar y su boca desdentada hedionda a tabaco. Lamer un poco la mano de palo de Cervantes. Besar a Séneca y llorar. Chupar el dedo de Rilke pinchado por la rosa. Empañar los anteojos de Lennon con mi aliento. Besar el ojo torcido de Sartre. Besar a Julieta a escondidas de Romeo y casarme con ella. Besar a Bolívar delante de Manuela y correr, correr antes de que me mate. Tirarle besos a Einstein desde el pupitre. Besar todo, todo, arrodilladamente, temblando, como la primera homínido que, una noche estruendosa y aciaga, soñó que algún día sería demasiado vieja y cobarde para besar al mundo que amaba y despreciaba.


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"Angustia". De Andrea Himsalam

Dentro de un níspero vivía un presidente que ya no quería ser presidente. Dormía poco, comía mucho y había perdido el ingenio. Tanto le aterraban las complicaciones que apenas veía un cuadro de Rubik se deprimía profundamente. Ante la tristeza del gobernante, el vocero principal de la cámara de despacho ordenó eliminar la página de sucesos de los diarios, y a la semana siguiente fundó un semanario que solo publicara buenas noticias. Quedaron prohibidas las conversaciones grises, nadie pudo ni siquiera mencionar la muerte del Solitario George, que tras un paro cardíaco dejaba la tierra sin descendencia, extinguiéndose con él toda la especie. En el palacio, las sirvientas sustituyeron los tableros de ajedrez y rompecabezas por bonitos abanicos chinos, y los libros de economía política fueron delegados por libros de cocina tailandesa.

Un día, remojando los pies en la bañera en agua de vinagre, al presidente se le ocurrió la idea de convocar elecciones para no seguir siendo presidente. La decisión se expandió como pólvora en todos los medios, y aunque su gabinete se pronunció de inmediato en contra de aquella ocurrencia, la campaña comenzó no bien cantaron las urracas. Hubo reacciones de todo tipo, nadie entendía muy bien el concepto. Por supuesto, a estas no elecciones se postularon el panadero, un adventista y un militar. La gente estaba tan confundida que no sabía a ciencia cierta si votando por algún candidato ganaba o perdía. Especialistas en silogismos de todo el mundo arribaron a la pequeña nación para tratar de desentrañar aquel enredo. El foro se hizo público. Uno de ellos, a través de un lenguaje apofántico muy admirable, dejó claro que un no presidente era síntoma de un no país, y que un no país, era síntoma de una confabulación bastante compleja. El debate se prolongó por un buen tiempo, y como los directores de hospitales y organismos de estadísticas no tenían claro si era legal nacer o no, se suspendieron todos los nacimientos hasta nuevo aviso. El gobierno destinó un edificio con carácter de suspensus a todas las embarazadas, los bebés con fecha pasada de parto cumplían meses allá adentro, hipnotizados por la forma en que comenzaban a envejecer.

De aquel debate público salió todo el mundo más confundido. Una misma persona podía cambiar de opinión hasta tres veces al día: de ninguna manera votaré; claro que votaré; definitivamente me abstendré. Luego de decidir en apariencia votar o no votar, quedaba el problema de por quién hacerlo, elección que persuadía el cansancio, el miedo al castigo, la invasión, el apocalipsis, o la inercia. Por otro lado, los ancianos enseñaban la vieja táctica, votar por el menos peor. Quien tenía la mala suerte de encontrarse con un amigo en aquel trance de indecisión, sumaba a la lista de incertidumbres más obstáculos, o vagaba entre la opinión de los más entendidos, o buscaba la sentencia más sensata, que tampoco parecía ser ninguna. Los más conturbados asumieron que era mejor que la mayoría decidiera, cosa que era harto difícil, porque la mayoría nunca había sido como entonces una masa confundida. 

La imposibilidad de decidir entre los candidatos disparó en la población cefaleas, insomnio, bipolaridad, apatía, histeria y paranoia. Por un tiempo no cupo un alma en la sala de espera de los psicólogos, quienes a su vez acudían a psicólogos, quienes a su vez acudían a psicólogos. 

Las elecciones se efectuaron contra todo pronóstico. Los votantes salieron vacilantes de sus casas. Muchos electores se quedaron debajo de las camas muertos de angustia. Los que habían vendido sus votos por el pan de la cena, apretaban la quijada. Total que no hubo arrebatos de fe ni convicciones. La gente tomaba su boletita de la máquina de votación y leía el resultado como viendo el futuro, y salía espantada. Conforme pasaron las horas los ceniceros se llenaron con pedazos de uñas. Las puertas se cerraron. En casa de los más pesimistas se cargaron revólveres y se colgaron sogas en las vigas.

Esa noche nadie durmió feliz. En los sueños, la gente era perseguida por salvajes dragones de origami, bocas de cañones, langostas, grapadoras, búfalos enflaquecidos y hambrientos. El primero en despertar fue el no presidente recién electo. Sintió una profunda inconformidad. Había ganado sin intención, había sido elegido por un pueblo confundido. ¿Qué era? ¿Quién apostaría su vida por él? Bebió una pildorita de diazepan y volvió a caer en un sueño profundo, donde intentaba abrir las puertas de las casas que el pueblo había cerrado.






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Sol & Janis. Fotografía: Atilio Saavedra

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No sé quién eres. Ni cómo es tu rostro. Ni dónde estás. No sé cómo es tu vida, si eres feliz o sufres. No sé cuál es el paisaje que ves por tu ventana. Ni cuáles son tus fobias o en qué piensas cuando caminas. No sé si eres hombre o mujer. Sin embargo, quiero agradecerte a ti lector, lectora, que desde Venezuela, Estados Unidos, Colombia, Chile, Argentina, Francia, España, Brasil, Nicaragua, Portugal, México, Irlanda, Ucrania, Alemania, Rusia, ¡Alaska!, entras a este espacio y te quedas un ratito. Mi blog es mi casa, gracias por entrar y leer. Siempre digo: Al final uno escribe para ser acompañado y acompañar a otro ser humano que se encuentra en cualquier lugar del mundo, viviendo (como yo) cosas universales dentro de su propia particularidad. Justamente conectar con eso, contigo, es el milagro de la literatura.


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