SOBRE EL VERBO DESPLAZARSE (en Venezuela)

by - noviembre 07, 2018

Por Sol Linares
sol.linares.r@gmail.com




a José Miguel Navas

El autobús fue un vehículo largo usualmente destinado al transporte público. Lo juro. De ruta fija, cuatro ruedas o más, ventanas laterales, asientos pareados, distribuidos a lo largo de la nave y separados por un angosto pasillo. Lo juro por mi madre. Eran conducidos generalmente por hombres amargados, de tez cetrina, y uñas en la que se acumulaba una masita negra de aceite, polvo y monóxido de carbono. Lo juro por mi padre. Se hacían acompañar de muchachitos llamados colectores cuya función era recoger el dinero de los pasajeros. Los colectores también cacareaban la ruta a toda garganta. La voz de los colectores, un injerto de cabra y trompeta, debía salir obligatoriamente como de la nariz. Ah vaina, es cierto. Al dinero por cobrar se le llamaba pasaje. Había un pasaje estipulado que aumentaba cada tres meses. A la tripulación se le llamaba pasajeros. Los pasajeros formaban parte del performance. Al autobús subía gente a vender cocosettes, bolígrafos, sudokus. También a pedir dinero mediante historias sorprendentes que iban de niños con hidrocefalia a exconvictos arrepentidos. También subían chamos a rapear contra el sistema; lo juro por mi hermano Josué. En un autobús se veía de todo y se oía de todo; como un vecindario rodante. Nunca hubo demasiado problema para llegar; el problema era caber. Las ventanas servían a modo de marcos cromados de nalgas. En horas pico parecíamos verdaderos espermatozoides confinados en testículos. Entre avergonzados y risueños, nos fregábamos entre sí. Era normal recibir el palazo del pene de un caballero a quien se le miraba con asco y curiosidad. Pero uno llegaba a tiempo. Llegábamos medio frescos, olorosos a jabón Palmolive. Eso era un autobús: una criatura urbana, parecida a un ciempiés gigante atacado por pinceles histéricos. Lo juro. Y puedo jurar hasta que se acaben mis familiares.
¿Ahora? Ahora no hay autobuses, los abdujo la inflación. De veeeeez en cuando pasa uno, lentamente, con el garbo de una pieza de museo. Es que el país es un museo sentimental, todo nos recuerda lo que fuimos, lo que tuvimos, y de tanto en tanto hasta los autobuses le sacan a uno sendos suspiros. ¿Esta era la alharaca por el siglo XXI? Es tan raro ir hacia adelante en un país retrocediendo… Es tan raro caminar hacia el siglo pasado, tan raro avanzar hacia el futuro atado de manos y pies, impulsado apenas por los brinquitos de tu corazón. Porque es el corazón y no otra cosa lo que mueve a cada venezolano diariamente. ¿Lo duda? ¿Han notado todo lo que hacemos para desplazarnos hacia la escuela, el trabajo, la universidad? La respuesta es muy divertida, nos montamos en todo lo que circule a más de diez kilómetros por hora.
Como todo servicio público, al transporte lo moviliza el azar. En principio, nos transportan los camiones para hortalizas y bestias. Uno sube a camiones con cara de vaca y dice mú. Nos cae la lluvia, nos seca el sol. Podría decirse que antes de llegar al trabajo, los venezolanos hacemos fotosíntesis en las bateas de las camionetas, volteos, camiones 350. Puede que tengas suerte y un chico muy guapo y muy loco te mate de risa parándose detrás de ti, haciéndote tararear la canción de Celine Dion, abriéndote los brazos, y repitiendo contigo, agarradita a las barandas de un volteo, la escena clásica de Titanic  (donde Kate Winslet y Leonardo Di Caprio suben a la proa del barco y fanfarronean con sus perfiles en el Atlántico). Y tú abres los brazos con él detrás y cantas. Y ríes. En días así de maravillosos, igual hay que tener cuidado con las ramas de los árboles para que no te vuelen la cabeza.
Cuando no subes a estas “perreras”, te desnarigas para irte en los vehículos pequeños de las buenas personas que recogen pasajeros y aprovechan captar billetes en efectivo. Pagas el doble, el triple. Pagas mucho. Pagas de múltiples formas, en modo muy interesante, con los objetos más insólitos: huevos, tacitas de café, bananas, píldoras de acetaminofén, lentejas. Tengo un amigo que pone cara de niño ausente y pregunta en la puerta: señor, ¿será que puedo pagar el pasaje con este huevito? El chofer lo mira y lo empuja hacia dentro con la quijada. Lo juro.
Como los transportistas regulares no cumplen la ruta completa toca caminar kilómetros, bordear huelgas por gas, agua, luz. Llegas tarde al trabajo, hediondo, aún los días en que nadie cierra las vías por falta de luz, agua, gas. A veces aprovechas que andas arrecho y te detienes en una huelga a protestar por agua, gas, luz, comida, desidia social, mal sueldo y por toda tu perra vida. Digamos, catarsis. Hoy más que nunca, que en la diáspora venezolana también se fueron los psicólogos y ahora atienden los males de nuestros compatriotas en otras latitudes; males como desubicación, falta de arraigo, xenofobia, síndrome del exilio, etc. Ah, pero hay que decir que al país también lo empuja el dedo pulgar. Sí, sí. El dedo pulgar se levanta en mitad de la carretera y cuando estamos de suerte y el conductor de buen ánimo, nos vamos de cola. Si no, puede que pase un bus yutong. El yutong es un medio de transporte más aclamado que Maluma. Los vemos pasar con ojos esperanzados. Son esos autobuses chinos muy distinguidos, vinotintos, que siempre tienen un cristal roto, y que escasean desde que los funcionarios públicos se roban los repuestos para equipar sus propios vehículos o vender sus partes en el mercado negro. Bonitos, los yutong. Uno sube muy a lo ciudadano del siglo XXI, pasa la tarjetita por el lector óptico, entra con un sentido de sofisticación, luego es aplastado por la turba. Ensardinados, asfixiados, preñados, bajamos del yutong con cara de siglo XX.
—Si te sientes solo y quieres recibir caricias, sube a un yutong —dice José Miguel.
¡Oh, llegar, qué verbo tan jodido! Y llegamos. Lo juro que llegamos.
Pero esto no es todo. ¡Falta regresar a casa! Igual, aventones, yutong, jeeps, volteos, camiones 350. Nos subimos a patadas, a dentelladas. Mientras vamos agarraditos al techo de los carros, nos preguntamos cómo no se ha detenido la nación. Resistimos un infarto sistemático de todos sus órganos. Seguimos el paso indetenible de la humanada, contra todo obstáculo. El día salvaje nos devuelve al hogar. Llegamos espelucados, sudados, paranoicos. Así todos los días. Nos acostamos pensando en lo que viene. Tener miedo al día siguiente. Tener miedo de nosotros, cuando cada noche, sobre nuestras camas, se tiende a dormir el salvaje. 
¿Flojos, nos dicen a los venezolanos? No me jodan. Para información global: El coraje dice ahora: made in Venezuela.




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6 Comments

  1. Es toda una odisea, la suficiente como para escribir este relato

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  2. es mi salmo de reestructuración emocional, despues de llegar de la calle y sufrir esta misma odisea

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