SOBRE EYACULAR
Escrito por Juan Viloria
"Aquí a mis cuarenta, escribo este enunciado de independencia y declaro la eyaculación patrimonio cultural de mi planeta"
Por allá en la adolescencia, a uno se le va la vida en acabar —en términos científicos eyacular—, y desde entonces se nos pasa el día pensando en cómo conjugar ese verbo, en cómo culminar con esa espiral acosadora que concluye en un torrente de ácido hialurónico. Y es que a los hombres, cual dominatriz sueca, la eyaculación nos domina. A punta de latigazos de placer, nos vuelve animales domésticos, nocturnos, matutinos, vespertinos, madrugadores. Regurgitamos sonidos guturales al sentir que en ese riachuelo blanco se escapa la existencia, en un último grito, en un ahhh, en un ufff, en un yeahhhh. Es una exhalación que raspa nuestra garganta, y de repente, después de ese tornado eléctrico de animales feroces capaces de matar, nos transformamos en cachorritos inofensivos con cara de serenidad. Viajamos por esa meseta calificada por Jhonson and Jhonson, es un momento que se vuelve narcótico, adictivo, perenne. Se instala en el centro del cerebro que se envicia rápidamente por las cosas malas de la vida —digo malas porque por la gente dice que lo que da placer mata—. No he muerto aún, y eso que soy adicto a ese momento estelar de la acabada.
Producida en la minúscula próstata, la eyaculación ha
sido objeto de mayúsculas protestas. Muchos fanáticos religiosos y otra sarta
de ideólogos la han envuelto en un velo de terror. Les cuento. Yo, en mis búsquedas
de espiritualidad, empapado de adolescencia, ingresé a un grupo donde nos
hablaban de ángeles alados con diamantes, de hilos de oro amarrados en nuestros
ombligos, de técnicas maoístas para recordar exactamente lo que habíamos soñado,
una gnosis de nuestras vidas. Pero, prohibían eyacular. Léase bien, eyacular
era prohibido. Así que comencé un calvario sudoroso y abstencionista —a mis quince años yo necesitaba expulsar a
como diera lugar ese líquido seminal que ahogaba mis gónadas—, pero no podía,
era contraproducente para la salud, decían ellos, se rompía el hilo de oro, se
cortaba la comunicación con los ángeles, los sueños no podían vaticinar nuestro
futuro más cercano. Claro, no lo logré. Me rendí, no pude, confieso que no
pude, lo intenté, pero me lancé por el abismo, las ganas eran potentes, me supo
a mierda el hilo de oro cochano ese, mis sueños eran mojados en su mayoría, quería
comunicarme con los ángeles pero para bañarlos de mi semen hirviendo, ellos no entendían
en su macabro universo que es inaudito no eyacular, insano, inhumano, y salí
por la puerta de atrás de aquella secta anti/leche, sin arrepentimientos, sin
culpas. Es que imagínense uno en plena masturbación y de repente al momento de
eyacular acordarte del bendito hilo de oro. No me jodan. En mis semi convulsiones
orgásmicas pensaba solo en un cable de cobre alrededor de mi cuello que no me
dejaba respirar, en eso era lo que pensaba, y ellos, los verdugos del placer repetían
cual zombies de película, que
eyacular solo sirve para procrear. Lo que pueden procrear es un monstruo
insatisfecho que años después se convertirá en un psicópata, pedófilo,
violador, no sé. Desde entonces insisto en que la religión no debe entrometerse
en esos terrenos genitales. Dije adiós, acabé literalmente con esa antitesis de
puericultura.
La pobre eyaculación también era esclavizada por mitos
abuelísticos: no os podéis masturbar (decían con verborrea casi de real
academia), porque hacerlo produce locura y te salen pelos en la mano. Si un
abuelo lo veía a uno flaco, decía que es flacura era producto de la acabera; no
de la crisis que siempre afecta a estas latitudes tercermundistas. Infinidad de
cuentos de esquina vecinal como aquellos, que si el río Motatán era el albergue
de tus hijos, que si los cartuchos se terminan, y uno neófito habitante de
estas tierras envueltas en montañas, creía, creía que eyacular era un acto ilegal,
por eso nos encerramos en el baño por horas a bañarnos o a cagar, para cometer
ese crimen masturbativo que finaliza en una pletórica explosión. Aquello repicaba
en tu psiquis campesina y concluías que estabas ante una lesiva acción contra
la moral, contra la sociedad civil; tocaba salir del bunker cual convicto, con
las manos embarradas y pegajosas, evidencia del asesinato de tu pene. Salías
del baño ´paranoico, imaginando encima de tu nuca la mirada de tías, abuelos, y
demás familiares, pensando siempre en todos los hijos que se habían ahogado en
la poceta, otros encarcelados en la rejilla del inodoro, aplastados en las
baldosas blancas y mohosas, descuartizados por la toalla manchada y
deshilachada. Pero volvías, una y otra vez, como un adicto a las
metanfetaminas, a buscar ese implacable momento de placer para saciar tu hipotálamo,
sin importar nada, ni miradas, ni flagelaciones, ni escrúpulos. Al final no te
importaba convertirte en asesino en serie de tu descendencia, al fin y al cabo
eran tuyos. Sin remordimientos, te conviertes en un amante de esa sensación de
perpetrar tres veces al día un genocidio de espermatozoides que no sabes si algún
día penetrarán un óvulo. Qué coño importa eso, cuando vives la adrelina extrema
de escuchar a tu papá tocar la puerta del baño con urgencia de ambulancia.
Gracias a dios eyacular es un crimen que sí prescribe, porque aquí sigo en
libertad, después de haberse declarado a la eyaculación como un no/crimen de
lesa humanidad. Eyaculación vapuleada, víctima de bullyng, de legalidades, de
vulgaridades, de patologías, de lugares inhóspitos, de abandono, de violencia,
de gargantas profundas, de calificaciones, de cárceles de látex, de velocidad. Sí,
porque también los eyaculadores han subido el podium a recibir medallas: de oro
si tarda un maratón en aparecer; de plata si logras la pista con vallas o como diría
un médico de famila, un perfecto coitus interruptus; de bronce si por una u
otra razón llega a la meta precozmente (o se le va el burro en el primer tiro);
y en otras, descalificada por forfait, en una caricia muy ardiente sale sin que
la inviten todavía.
Aquí a mis cuarenta, escribo este enunciado de
independencia y declaro la eyaculación patrimonio cultural de mi planeta. Como
sementólogo que soy, izo la bandera y promulgo una ley, en cada apartado ya con
base en la experticia y en la experiencia, denomino a la eyaculación como un
acto magnánimo, atómico, nuclear, volcánico, renovador, apolítico, romántico. Sí,
romántico, eyacular es romántico: cuando es producto del amor es capaz de
crear, porque estoy seguro que uno de mis ojos, dos de mis pulgares, una de mis
rodillas, una de mis orejas, uno de mis parietales, algunas de mis lágrimas, la
mitad de mi cerebro, la mitad de mis andanzas, la mitad de mis concupiscencias,
una de mis bolas, la mitad de mi corazón, son producto de una eyaculación
enamorada de mi papá.
Le hemos dado mucha importancia a ese momento blanco y
gelatinoso del acabar, y nos hemos olvidado de eyacular las guerras, la
miseria, las rabias, la intolerancia, de eyacular la mediocridad, la tristeza,
el hambre, el caos, la apatía, de eyacular con potencia a los malos
presidentes, a los curas pedófilos, a los políticos. Y ya les pido
encarecidamente, con la excitación llena de venas y cuerpos cavernosos, déjennos
acabar en paz.

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