SOBRE EL VERBO EMOCIONARSE

by - julio 01, 2018


"Es que yo no sé hacer otra cosa que sentir" Susana Quintini

Yo digo que la emoción es un asunto de tamaño. Soy pequeña. Pequeñita, pequeñita. Tan pequeñita, que con esfuerzo podría caber en el estuche de un violín, en una lapicera, o en las manos de un hombre amado. La gente grande tiene más espacio en el cuerpo para que las emociones fluyan en grandes órganos. Hay en los pulmones de la gente grande una plaza, y es probable que las personas más altas que yo tengan huesos más largos para soportar la belleza y el horror de este mundo. A los gordos-gordos puede que les quepa más miedo en el estómago, y en los altos-altos puede que, de ser tan altos, a una emoción le tome tiempo empezar o esfumarse. Pero a los chiquitos como yo, que tenemos el cerebro, los ojos, los pulmones, el corazón, los pies y todo tan cerca, las emociones nos achicharran las partes. Vivimos al filo de la muerte por cada cosa viva. Como estoy de alquiladiza en una casa prestada de la cual lo único mío es la montaña, empiezo el día amaneciendo con el amanecer que es lo mismo que decir no puedo, no puedo con esa elegancia que tiene la luz para sacar al planeta de la oscuridad. Ahí mismo aparecen los pájaros, y como el oído y el corazón son una sola cosa, va mi pobre cuerpecito de la humildad de la luz a una alegría que me pone a responderle a los pájaros con otras canciones. Si el agua de la ducha está fría me da un susto de muerte, y si está caliente me quedo como naciendo otra vez de la totona de Mamushka. Después viene el café a tender sábanas en uno, y a prometer que el día será bueno, y como uno cree en todo lo que dicen estas cosas, salgo a trabajar llena de risa y sueños. Pero como no hay transporte y toca subir a camiones y pedir cola y caminar a ratos, se me va pegando la pelusa de una tristeza por el país que, en pocas horas, hará salir de mi boca como un diente de león, de esas flores para soplar, que uno se queda mirando rendido de esperanza. Caminando y bordeando la basura de la ciudad ni saludo a los zamuros porque me da una rabia que esos tipos sólo se ven cuando las cosas ya están bastante podridas, y el país está tan lleno de zamuros, y yo tan pequeña que la rabia me hace pagarla con esos pobres animales que jamás, jamás, podrán probar un pie de limón, o un tomate recién madurado en el brote. Ah, pero porque uno es un ser tan, tan pequeño y tiene el corazón cerca del bolsillo, también va dejando uno la mitad del pan en la mano de un anciano o un billete en la mano de un niño yukpa. Por eso también creo que la muerte es un asunto de tamaño, porque es que nos van matando por ejemplo las flores rosadas de los apamates, que si tienes suerte y la vida te quiere un poco, vienen los árboles y te estornudan encima y las flores caen sobre ti, y tú, tan pequeño, te mueres de amor por la vida. Y es que hasta depende de una emoción que uno mate a zapatazos rabiosos a una cucaracha o le perdone la vida. Y si estás frente al mar, ¡no! Eso tan grande te aplasta y no puedes sino rezar por dentro. Uno es tan pequeño que ver al mismo amigo todos los días saca del pecho como un aplauso, y el amigo te mira boquiabierto desde arriba, sin saber por qué celebras y abrazas. Pero regresa siempre, y siempre pone cara de teatro que abre las cortinas. Ah, gente pequeña, no sé, nos muelen la entrañas el piedrero que se queda dormido a los pies de un cajero. Así somos. Si te hieren por una tonta cosa (como todas las grandes heridas hechas finalmente por tontas cosas), uno es tan pequeño y tiene tan cerca la cabeza de los pies, que el dolor agangrena en cuestión de minutos las piernas y la garganta, y uno se vuelve un cante jondo, y llora aflamencadamente sobre los bordes de cualquier retrato. Si por pura mala suerte te traicionan, eres tan pequeño y el pecho está tan cerca de los ojos, que aun llorando necesitas perdonar en seguida, porque hay tantas cosas felices esperándote y tú eres tan pequeño, tan pequeño, que otra emoción saca rápidamente a la otra. De amar ni hablemos. La gente pequeña como uno tiene tan cerca la cabeza del cielo que deja el resto del cuerpo donde lo hayan besado. Tampoco hablemos de si un caballo relincha, o si un relámpago ilumina el rostro de los amigos alrededor de la fogata, si muere tu perra llamada Tequila, gana tu equipo de fútbol, una mariposa se para en tu libro, llueve y escuchas a Chopin, si hay huelga, si te declaman un poema al oído, si tienes una cita, si te comes un helado, si un hermano te ignora, si tu hija te dice mami, si lees la biografía de Tchaicovsky, si alguien toca la guitarra, si ves la estrellas, si te dicen puerca, si la gente cruza la calle cuando el semáforo está en verde y tú vas manejando, si te dan un chocolate, si tienes un orgasmo escuchando wish you were here de Pink Floyd, si ves una película, si hay un caminito de hormigas a la entrada de tu casa, si te mienten, si hay muy poca salsa para la pasta, es decir. ¿Todo tiene piel, acaso? ¿No hay más lugares para que las cosas se estrellen sino en gente así de pequeña, no sé? ¡El río! El río sabe de lo que hablo. Llego a la cama tan agotada como el río cuando por fin deja en el mar toda su fuerza. Me tiendo, muerta de cansancio, con los órganos espichaditos. No. Ya no sé cómo seguir viviendo así, lo juro por dios. Merengada de fresa con tres pastillas de ansiolíticos para mí, por favor. Si digo que la vida mata y suena a bolero no es culpa mía. Uno es tan pequeño que todo lo siente. Y yo, como dice Susana, lo único que sé hacer es sentir. Pobres seres pequeñitos como nosotros. Un centímetro de insensibilidad nos habría bastado.





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