SOBRE DIBUJAR
Si alguien, usted, se detuviera frente a una
ciudad y se preguntara en qué línea comienza el mundo, ¿cuál cree que sería su
respuesta? Concéntrese. Fíjese bien. ¿Cree que el mundo comienza en la línea
del horizonte? ¿En la oreja de su taza de café? ¿En la Muralla China? ¿En un
vértice de la pirámide de Teotihuacán? ¿En la cola de una ballena? ¿Dónde,
dónde comienza? Ernesto Cardenal hubiera dicho sin pensarlo dos veces que la
línea donde empieza el mundo es nada menos que en la cintura de Marilyn Monroe.
Si Ernesto Cardenal tuviera razón, pongamos por caso, entonces pudiéramos decir
que de la cintura de Marilyn Monroe se llega a la línea del horizonte y del
horizonte hacia la oreja de la taza de café y de la oreja de la taza de café a
la Muralla China y de la Muralla China hacia la cola de la ballena y de la cola
de la ballena hacia Teotihuacán y de Teotihuacán hacia el Puente de Maracaibo y
del Puente de Maracaibo sube por la torre Eiffel y de la torre Eiffel baja hacia
la tumba de Émely Zola y de la tumba de Émely Zolá hacia una alcantarilla en Leningrado
y de esa alcantarilla hacia el perfil de Rulfo y del perfil de Rulfo hacia las
pestañas de un Yukpa y de las pestañas de un Yukpa a las hojas de una cayena y
de las hojas de la cayena hacia los rieles de un ferrocarril que se dirige a
Bauhause, justo donde se baja un hombre cuya línea del sombrero cae a la calle,
sube por la Ebertallee, atraviesa la puerta, se desliza por el pasamanos de la
escalera, sube a la mano de Paul Klee, le hace cosquillas y sigue por el carboncillo
que en ese instante bosqueja Insula
Dulcamara. Paul Klee sonríe. Absorto, sigue el curso de aquella línea que
ahora baja por la ventana, dibuja una jaula donde vive un canario con aspecto
de conserje, sigue bajando a la calle, aprovecha y dibuja una bicicleta con un
niño blanco, salta al suelo, sube por las piernas de un árabe y deja en su
rostro un pintoresco bigotito negro.
―Dibujar es sacar una línea a
pasear ―murmura Paul Klee y nadie,
ni siquiera los nazis que lo sacarían a patadas de su casa en Dessau, lo iban a
convencer de lo contrario.
Eso
dijo Paul. Sin embargo hay quienes opinan distinto. En Caracas, un hombre
llamado Carlos dirá que dibujar también es espelucar a un gato (pero todos
sabemos que después de dibujarlos, persigue a los gatos con el secador de pelo
de su novia). Para John Berger dibujar es descubrir, y Balthus dibujaba con los
ojos cuando no podía dibujar con un lápiz.
En Argentina, Quino dibuja para guiar
al mundo por el lado de los buenos. Esto es el lado de los Beatles. Sobre todo
el de John Lennon, imagine all the people
living life in peace, lalalá-lalalá. Para Gustav Doré, dibujar significó revelar
los huesos de los clásicos, desde temprana edad el niño prodigio comenzó a
hacer fortuna con xilografías basadas en la literatura de Dante, Rabelais, Balzac
y hasta Edgar Allan Poe, cosa que pagó caro; dicen que Doré murió dibujando
escenas de El cuervo.
Picasso decía que para dibujar sólo
hace falta cerrar los ojos y cantar. Y será mucha verdad, porque cuando uno
cierra los ojos y canta, las orillas de uno mismo desaparecen y queda de
nosotros un gran lienzo negro, infinito, virgen. Como una gran noche. De
cualquier forma, todas las noches son de Van Gogh. Lo que nos conduce a un
extraordinario silogismo: Si todas las noches son de Van Gogh, todos somos de
Van Gogh cuando cerramos los ojos. ¡Él dibujaba estrellas cuando tenía
necesidad de religión!
Liniers empezó a dibujar porque amaba a
los pingüinos y porque cree que dibujar es su manera de expresar la ternura le
inspira el mundo. Sus dibujos son de una alegría triste. Tal vez entendió que
cualquiera “puede llorar de risa, pero nadie puede reír de tristeza”. Maitena
confirma este binomio y dice que dibuja porque la hace reír todo aquello que la
hace llorar. Excepto, claro, si la obligan a dibujar bobadas con motivos
escolares, por ejemplo: ¡Dibujar a Colón llegando a Puerto de Palos en una
columna por tres centímetros de alto!
Rubén Martínez, que no es dibujante
pero es experto en caminar con los dedos de las manos sobre las superficies
planas de las cosas, asegura que un círculo es un cuadrado que quiso viajar, y
que una bicicleta es un círculo persiguiendo a otro círculo. Así que, verá
usted, opiniones hay muchas. ¿Quién tiene la verdad? La verdad se adapta a la
calidad de los ojos y la montura del corazón. Razón tuvo Matisse cuando dijo
que el artista sólo ve verdades antiguas con una nueva luz, porque no hay
nuevas verdades. No importa, siempre hay quien les caiga a balazos. Lo hizo
Toulouse-Lautrec cuando agarró a tiros a las arañas de su casa, no sin antes
gritar, antes de morir:
―¡Por
fin! ¡Ya no sé dibujar!
Bueno, la vida es lo que es, dijera
Gauguin: uno sueña con vengarse.


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