Parricidio
Prefiero un
poco de leche en el té, dijiste. Yo me puse nerviosa y no supe dónde poner tu
sombrero, Miyó dijo que lo encontró en la nevera, oloroso a cilantro y un poco
acostumbrado a su fatalidad. Pasa a menudo, no saber de mí y dejar objetos
donde no van o donde irían si el mundo tuviera otro orden. Miyó, ¿es que el té lleva leche? No sé, no sé,
dijo Miyó, sacudiéndose la cabeza como espantando mosquitos. Hubo que batir
leche, pero siempre dudé, y como tenías la nariz aguileña no quise preguntarte
a dónde nos llevaría toda esta confusión. Metí una cucharada de leche en polvo
en mi boca y de pronto sentí que yo era mala. Fue porque ahí en lo oscuro se
acumularon tres cosas definitivas en mí: el sabor pastoso de la leche, la
lluvia tronando sobre el techo de zinc y la presencia de un forastero en la
sala de quien de pronto no quise separarme jamás. En lo oscuro, un hombre
desconocido siembra en uno incertidumbre, terror y lealtad. Tú habías llegado sin hacer
ruido, como llegan algunas cosas, sobre delicados resortes. Cada quien andaba
en lo suyo, Miyó hervía papas en la oscuridad mientras que yo me tropezaba con
todo buscando las velas, a lo mejor me tropecé contigo creyendo que eras el
perchero, es posible, cuando se va la luz las cosas parecen gente, o es la
gente que parecen cosas, en esto también me confundo. Pero no, lo hubiera
sabido porque en el perchero a veces duermen algunas gallinas, así que me
hubieran caído a picotazos de haberlas despertado. El invierno era nuestro peor
inquilino, vivíamos como velas arrumadas, gráciles e inútiles cocotales de luz.
Así estábamos. Tú traías la gravedad de un verdugo desempleado que bebe té con
leche y se sienta cerca de las ventanas. Depositaste un libro sobre el muro
donde Miyó había apiñado el resto de las hortalizas que sobraron de la sopa, las
que más tarde mordisquearían los cochinos en el redil, jalados hacia la muerte
por hocicos esponjosos y suaves. Miré el libro, era la gramática alemana de
Borbolla, en el cual conseguí tiempo después una foto de Lorca, la misma foto
que empeñabas en el bar de La Viuda para darle largas a la noche en vista de
que la matrona había representado a Teófila en su juventud. En la foto, Lorca
se me pareció mucho a Kafka. No sé, pudo ser el cabello enrulado y corto, pero
yo creo que más por el corbatín de lazo, creo que los asocié por el corbatín.
Lo cierto es que con eso se cumplía un sueño muy varonil, a los hombres les gusta
ser protegidos por el amor de una puta intelectual. Y se me ocurrió porque
olías a beso, a monte, a machete, y a ese olor que tienen los hombres cuando
guardan bajo la solapa una consumación, una musa. Habías metido lo mejor de tu
pasado en la maleta: la infancia, aquella gramática de Borbolla, veinte libros
robados y algunas vírgenes. Por eso nunca te dije que aquella gente seca te
quedaba bonita, las chicas del burdel, La Viuda, su astuta melancolía, su boca
de fresa vieja. Parecías un girasol erguido en medio de frutas deshidratadas.
Mezclé la leche con el té. No lo probé, me dio asco. Te serví la taza en
silencio. Busqué galletas en los estantes, pero sólo encontré cadáveres de
galletas, cubiertas de pelusa verde. Mastiqué algunas, luego las escupí porque
sabían a verde falso y a alas de polilla. De vez en cuando un relámpago venía a
iluminarte la cara; duraban tanto los relámpagos que me daba tiempo de saber lo
suficiente de ti, como por ejemplo que tocas la armónica y cantas canciones a
tu caballo, que no amas a nadie, que eres huérfano. Eso lo supe en lo oscuro,
al amanecer seguramente ya no serías el mismo hombre y no te reconocería. Miyó
andaba loca espantando a las hormigas que se concentraban alrededor de un grumo
de huevo. En esta casa las hormigas son omnívoras. No sé si todas lo sean; las
hormigas de la señora Astrid prefieren el silicón, tampoco sé si se lo comen o
se drogan con él, especulo que será esto último, porque se congregan alrededor
de los pegostes y regresan a sus terráculos casi livianas, sin la carga de la
especie. Los relámpagos también te iluminaban la nariz y la cuenca de los ojos.
Al día siguiente comprobé que tienes los ojos azules, esto me sorprendió mucho,
casi me decepcionó, y tuve que acostumbrarme a ser mirada por otro hombre que
jamás imaginé. Bueno, esa noche no supe qué decirte cuando sorbías el té, Miyó
hacía mucho ruido espantando las hormigas, si hubiera sido yo, me mojo el dedo
con saliva y las pego, una por una, sin furia; es una técnica fantástica incluso
para recoger azúcar, semillas de ajonjolí, cabezas de fósforos y algunas
derrotas. Llovía. No supe si yo era una feliz o triste, a veces ambas cosas se
parecen. Mi padre juntaba las bestias en el porquerizo, su voz penetraba los
arbustos y hacía vibrar los cristales de las ventanas, también mis tímpanos, y
el corazón. Miyó se aproximó al fuego. Se quedó mirándole. Es algo que suele
hacer, me parece que entiende el lenguaje de los palos chamuscados, el discurso
de las cosas que crujen y se revientan por dentro. Yo no podría, no tengo
carácter para mirar a un palo seco quemarse sin defenderse. Por eso me puse a
mirarte, de la misma forma en que Miyó miraba la candela, porque me pareció que
mirarte así era algo grande. Lo notaste. Te sonreíste con la mitad de la boca
en la penumbra, fue un gesto raro, incompleto, pero yo me conformé con esa
mitad, advertí que ya dependía de mí ir a buscar la otra parte de tu boca y al
juntarlas, hacerme una idea del lugar a donde van a parar las otras mitades que
te reservas. Relampagueó de nuevo y supe que estábamos mejor sin luz, así podía
verte sin molestarte a ti ni a Miyó. Mi padre entró a la hora de la cena.
Inexpresivo, se sentó en el sillón donde deben sentarse más o menos todos los
padres a inventariar las sombras, a mirar las telarañas con algo de rencor y
tranquilidad. Yo me asusté cuando dijo: Abby, la cena. Corrí a la cocina. Tenía
miedo porque ya no podría atender a mi padre con la misma exclusividad, tú
estabas cerca de la ventana jalonando todas las formas del amor, robándole algo
a papá, no sé qué exactamente, pero me dio miedo que fuera a pedirte lo que era
suyo. Serví los garbanzos con torpeza, cayeron espesos en el plato de peltre.
Hubiera querido que fueran de porcelana los platos, admito que algunas cosas me
avergüenzan de la pobreza, pero aunque tuviera platos de porcelana, hubiera
puesto en ellos los mismos garbanzos, que finalmente daba lo mismo. Me comí
algunos garbanzos mientras Miyó, agotada de traducir las sílabas quebradizas de
los palos quemados, se metía aire entre las piernas con la falda. Notó mi
agitación. Las arepas se habían inflado en la parrilla. Eran perfectas, alegres
y redondas. Puse a asar trozos de queso sobre el fuego, el queso es noble, se
adapta a las formas de algunas pasiones. Mi padre y tú se medían en la
oscuridad. Si alguno de vosotros hubiera hecho un esfuerzo, habría tenido
ventaja sobre el otro. Yo quería meterme debajo de la cama. Pero los ojos de
las gallinas me dan miedo, siento que si las miro fijamente perderé el sentido
de la realidad y ya no sabré distinguir quién es la gallina y quién es Abby. Me
quedé junto al fuego a esperar que los quesos se escurrieran sobre el metal con
el efecto de la lava. Ahí me puse a pensar en algunas cosas importantes, era la
primera vez que tenía ganas de irme, y en esto sentí un tipo de traición.
Después de entonces, jamás fui la misma. Lo supe. Serví las arepas en la cuenca
de barro, y sobre ellas, algunas papas, acomodadas con la coquetería de un
sombrero estival. Llevé los garbanzos a la mesa, pero no pude mirar a papá,
hubiera sabido que ya no era la misma, que algo sinuoso dentro de mí ganaba
espacio. Con un gesto de caballo, papá me preguntó por ti. Es un forastero, le
dije. Luego, con otro gesto de caballo, me ordenó servirte la cena. A la
rivalidad de los hombres se impone una rara generosidad. Yo no quería servirte
sopa. Te hubiera dejado morir de hambre para que no vieras un tesoro tan
esmirriado, los platos de peltre, y mis uñas sucias, no es lo mismo estar sucio
para uno mismo que estar sucio para los demás. Y aunque todo estuviere en
penumbras, las uñas sucias estarían allí, esperándome. Me ruboricé. Quería
desobedecerle a mi padre. Giré. Destapé la olla. Iba a decir que no había más
sopa, pero era ridículo, me sobrepuse, eché una montaña blanda de garbanzos en
el plato, tiré el queso sin atender la forma en que caía, y te llevé leche sin
té, o té sin leche, ya no recuerdo cuál de las dos y temo que no sea lo mismo.
Luego escuché tu voz. Le decías algo a mi padre que lo supo entender. Soltaste
una carcajada. Un calor espontáneo me tomó por sorpresa la garganta y el pecho.
Si se hacían amigos, todo sería más fácil, inútil, pero más fácil, nadie
notaría mi ausencia, nadie me guardaría rencor. Un relámpago apagó las voces de
ambos. Miyó sonreía, mirando el fuego otra vez, y su risa era negra, oscurecida
por el chimó. Con Miyó tapizada de tabaco macerado, escuchando la historia
íntima de un palo seco, todo perdía solidez. Necesitaba una aliada para
marcharme, sin embargo, Miyó sólo tenía cabeza para los crujidos. Una aliada
debe, por lo general, tener conciencia de lo que encubre. Miyó no tenía
conciencia de nada, daba lo mismo persuadir a las gallinas. Te escuché
preguntarle a mi padre cuál camino te llevaría a Quebrada de Cuevas. Seguí su
alegre explicación, tras la cual te ofreció posada, por lo menos hasta que
dejara de llover. No aceptaste. Y luego se quedaron en silencio de nuevo. Los
hombres saben cuándo aceptar los favores de un rival, y siempre se guardan para
sí sus razones. Mi plan ahora dependía de cada vez menos cosas, por ejemplo, de
que te levantaras de la silla y tomaras cualquier camino. Yo te seguiría. Fui
al cuarto, tomé mi ropa, tan poca que cupo en una bolsa de plástico. Sacando
los zapatos de debajo de la cama desperté a algunas gallinas, se agitaron sin
ganas, con un movimiento perezoso y familiar. De regreso, cada quien estaba en
su sitio, prueba clara de que nada se había alterado. Mi padre postergaba la
sopa con sorbos de abeja. Tumefacto, buscaba tiempo para saber cosas sobre ti,
también para escuchar los sonidos humanos debajo de la lluvia. Comías sin
hambre, y no me espantó que llegaras a hacerlo todo de esta forma, al
contrario, llegué a admirarte, algo me decía que estabas educado para la
simpleza. Los forasteros son ávidos para todo menos para hacerse entender. Te
levantaste, pediste tu sombrero. En la oscuridad, lo busqué. Lo encontré cerca
de Miyó, sin llegar a mecerse con la ventisca. Yendo hacia ti me guió un
instinto: sobre la repisa, la gramática de Andrés Bello. Lo traje conmigo
dentro de la bolsa de plástico. Llevaba lo que necesitaría para entendernos,
para nivelarme. Busqué la mirada de Miyó. Algo se estaba quemando dentro de
ella. La abracé con fuerza. Se defendió como una gallina sordomuda. Fue fácil
quebrarla. Su cuello crujió como un madero. La dejé sobre la silla, acomodé su
cabeza en dirección al fuego. Tomé un cuchillo sin detenerme a pensar qué forma
convenía. Con un corte alongado desvié la línea de la suerte, mi mano se
encogió del dolor. Pero ya era fuerte, titánica, invencible. Me acerqué a la
mesa. La hoja del cuchillo atravesó el corazón de mi padre, lo clavé con un
movimiento corto y seguro, como si buscase paralizar algo más allá de él, como
si siempre hubiese estado preparada para buscarlo donde fuere. La brisa
intentaba apagar las velas, pero tenían el fuego bien sembrado. Luego te
alcancé, ibas bordeando los charcos y las heces de las vacas. Subiste al caballo.
Diste conmigo a la entrada del cobertizo. Me miraste, miraste hacia la casa. La
oscuridad nos protegió. Y subí contigo. No tengo quejas. Quizá una, ahora
que somos dos entre las cosas llueve menos.


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