LA CIRCUNCISA (O el decálogo de la mutilación)
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| "Clarice estiró la mano hacia la mantequilla, luego, con una fuerza ignota, tomó el clítoris y lo arrojó a la pecera: Este sería su último gesto de desprecio" |
(1: Comida para peces)
―Ya lo sé todo
del placer ―dijo Clarice sin acústica, en la forma en que alguien sale de sí
mismo después de largo tiempo.
Fando no
respondió. Le pareció una frase hecha premeditadamente, redonda, hermética, que
comenzaba en Clarice y terminaba en Clarice. Quizá defectuosa, porque en
aquella frase no había espacio para él, como esas que sólo tienen capacidad
para sostener, a lo sumo, una carga humana. Fando continuó masticando el pan.
Se atemorizó. Si empezaba y terminaba en Clarice tal como lo había planteado,
dando por terminada una aventura consigo misma, entonces él estaba siendo
sacrificado.
Levantó la
cabeza. El plato de Clarice permanecía intacto. Sólo había probado la leche,
que blanqueaba el cristal del vaso con una mancha disonante.
Ella lo esperó
con una mirada serena, con lo cual comprobó que no sólo era defectuosa y
redonda la frase, sino purgatoria y concluyente. No supo qué hacer con la
mirada de Clarice y sin embargo la sostuvo. La invitó a explicarse, a herirlo
mucho más que eso. Ella entendió e hizo lo propio, acompañó su frase hasta el
final. Se levantó, extrajo del bolsillo del delantal una tijera. En esto
apretaba el delantal con los dientes mientras levantaba la falda. Movió la
pantaleta a un lado y separó sus labios mayores. Así dejó expuesta su vagina,
caliginosa, incoherente como una flor atrofiada. Luego, mediante un movimiento
exacto, se cortó el clítoris.
El grito quedó
atrapado en la fibra del delantal. La
tijera dio varios saltos antes de estrellarse contra la pared y quedar en el
rincón como una cruz sin alma.
Fando hizo un viaje triangular con los ojos; la tijera, el clítoris que Clarice
estaba colocando con mano temblorosa en el plato de mantequilla, y Clarice, que
ya regresaba a su lugar en la mesa.
Ella bebió un trago largo de leche. No era un gran sabor el de la leche
líquida; más bien un sabor a blanco perezoso. Fando arrastró hacia sí el plato
de mantequilla congelada, ahora ataviada con siroppe de sangre.
―Déjalo ―le ordenó Clarice―. Es
inútil.
Fando se sorprendió al encontrar en
él un gesto primario y se avergonzó. No, nunca fue un hombre curioso. De todas
formas le pareció que desentonaba el clítoris sobre la mantequilla. Se sintió
humillado:
―¿Qué habéis
hecho? ―Su voz no era precisamente el gran escondite para su propia deshonra.
La brisa empujó
las puertas del balcón y estremeció las cortinas. Asimismo movió las hojas del
bonsái que, sobre la repisa, se contorneaba con un espíritu juvenil a pesar de
su forma retorcida y longeva. Clarice miró la ciudad. Siempre es un preámbulo
mirar hacia la ventana, se ordenan cosas en la cabeza. Millones de casas
apretujadas unas con otras palpitaban. Es que un insignificante trocito de
carne temblaba sobre la mantequilla, como un hijo al que ya no se le quiere.
Vio, en este trocito de carne, el ánima de las cosas irreversibles. Ya no sería
jamás uno con la carne, la carne acababa de perder su más valioso testigo:
―Es la muerte
del símbolo ―dijo finalmente, casi con afecto.
Fando desvió la mirada a la pecera. Es natural mirar la
pecera cuando se está así de perdido, y los peces son buenos para dibujar en el
agua la agitación de un pensamiento. Los odia. Nunca sabe cuando un pez llora.
¡Cuándo mierdas se entera del llanto de un pez, si todo lo
que dice o piensa se queda en el agua! Sin duda, Fando es un hombre saludable, las cosas pasan
por él sin detenerse. Aquella mañana no daría lugar a nada más. Por mucho que
intente regurgitar seguirá siendo la misma mañana, sin rencores acumulados:
está claro que se halla inhabilitado para masticar más de dos veces una misma
pesadilla. De manera que pasados dos o tres meses le surgirán de nuevo intensas
ganas de saborear mantequilla congelada, y será la misma mantequilla que adora
disolver en la boca. Sí, sí, será la misma mantequilla. Sin embargo, Fando
estaba herido. Algo de él acababa de quedar afuera de Clarice.
― ¿Es que ya no
me amas?
―Es que ya estoy
satisfecha.
. ―Has debido consultarlo conmigo.
―¿Por qué habría
de hacerlo?
―No has
considerado que después de tantos años, tu clítoris fuere un poco mío también
―reclamó―. Lo es mi pene. Es decir, mi pene es mío, pero de alguna forma que no
llego a explicarme viene a ser tuyo.
Clarice sorbió
otro trago de leche y prefirió guardar silencio; vio en la idea de Fando una
sutileza a la que no podría darle continuidad, y prefirió no instigarlo.
―Si me permites
―continuó, viendo que ganaba terreno―, es una forma muy grosera de sacarme de
tu vida. Quedas jugando sola un juego que no comprendo.
―Ya no me
interesa el placer ―replicó―. Lo sé todo de él, cómo y dónde conseguirlo, lo que es capaz de darme. Luego, el placer me
retrae. Su discurso es demasiado íntimo. Me ha vuelto solemne para la
introspección. Ya no sé pensar ―concluyó.
Luego se
preguntó en voz alta:
― ¿Cómo podré
hacerlo si el placer es autosuficiente, y se basta demasiado a sí mismo?
Fando retiró su
alma hacia un lugar del tenedor con el que atraía los huevos a un rincón del
plato, ensayando un bocado que no comería en los próximos minutos.
― ¿Puedo saber
en qué necesitas pensar para que llegue a estorbarte el placer?
Clarice ordenó
las piezas de pan con el tenedor. No se había propuesto hacer una figura
específica, pero la espontaneidad iba atrayendo piezas con su propia lógica.
―No sé. Por
ejemplo, me gustaría estudiar toda la historia. Desde el comienzo, cuando no
había narrador.
El hombre repelió la textura de los huevos revueltos, desabridos, con un
intenso sabor a lo que amanece rancio. ¿Acaso no es un huevo revuelto la carne
traslúcida y avergonzada de un feto? ¿Cómo ha podido suceder que tenga sabor el
cuerpo de un polluelo que no ha nacido? El mundo es raro, pensó Fando, pero una
lágrima suya lo entretuvo. La lágrima bajó orillada a la cuenca de la nariz,
empozándose en la comisura de los labios. El salitre vino a sazonar la carne
del feto que se deshacía en la boca. Esta mezcla artificial del huevo con su
lágrima produjo en él una gran tristeza.
Por su parte, Clarice se preguntó
qué vía condujo a Fando al estatus de la víctima, ahora que ha declarado sus
genitales como una propiedad mutua. Fando se llevó a la boca una hogaza de pan.
Quería besar a Clarice. Masticaba este deseo y lo mezclaba con el sabor de la
harina. De haber escupido el bocado de pan, nadie jamás habría dado con este
deseo.
—Querida: Me parece que la historia tiene un gran defecto —dijo sin
afanarse—. Es demasiado larga. No vale la pena un sacrificio como éste.
Durante los próximos segundos Clarice
divagó. Una vez sólida, dijo:
—Sobre todo bastante larga para quien tenga el peor de los obstáculos.
Fando tomó el comentario para sí, aunque pudo torearlo.
—¿Soy una distracción para ti? —Preguntó de mal humor.
—No eres ni un obstáculo para ti mismo.
Fando sostuvo en su boca el jugo de naranja. No supo cómo separar la
humillación del halago.
—Ocurre que si no puedo darte placer ―dijo Fando― quedo un poco
inútil. Ya no soy imprescindible. ¿Qué haré luego cuando te desee?
—Me tomarás —respondió Clarice sin pasión.
— ¡Ah, pero tomaré a una madera, a una mesa de planchar, no a Clarice! ―suspiró―.Tú
estarás cada vez más dentro de ti. Nadie podrá sacarte.
—Ya todo lo has tenido de mí. No se puede sacar siempre la misma cosa
infinitamente.
Fando se resignó. Todo era demasiado inútil.
—Tu castración me intimida —Fando se llevó a la boca el resto del huevo,
definitivamente más animado— Me has dejado libre para buscar mi propio placer.
—Correcto.
—Y es una libertad que no esperaba. Me tomará tiempo acostumbrarme a
ella.
Ambos rieron.
Clarice estiró la mano hacia la mantequilla, luego, con una fuerza
ignota, tomó el clítoris y lo arrojó a la pecera: Este sería su último gesto de
desprecio.
Los peces se
apartaron rápidamente, coloreados por la sangre. Quedaron suspendidos, como
separados por esa estrella desflecada, estropeada, también equidistantes a una
pequeña ambición. Ya después, viendo que la suerte no se retiraba, fueron
aproximándose a la carne, a la que mordisquearon con timidez. El más pequeño
era el más entusiasmado, rodeaba el banquete con movimientos eléctricos, sin
llegar a morder más allá de lo invisible.
(2: Comida
para un guante blanco)
Sólo cuando quiso estrecharla de la
mano, que significaba más o menos conducirla pacíficamente hacia los últimos
rayos del atardecer, cuando ya habían trazado la mitad del parque, en la hora
en que los niños dan a morder panecillos a las ardillas aún cuando no llegan a
franquear amistad con nadie, Fando notó que sostenía un brazo más corto de lo
normal. No supo cómo agarrar a Clarice. Se exigió una respuesta mentalmente,
pero no se detuvo. Continuó caminando con normalidad, preguntándose que si a Clarice
le faltaba una mano, la mano con la que acostumbraba llevarla a pasear, ¿qué
mano tomaría ahora? Se ruborizó, no tanto al sorprenderse buscando una mano que
ya Clarice no tenía, sino al saberse excluido de aquel desprendimiento. No. No
tomaría la otra mano. La otra era un resto de Clarice, y Fando tenía mucha
dignidad. Miró de reojo el brazo de su mujer. En efecto, le incomodó el
movimiento de aquel brazo, hacia delante y hacia atrás, con un vaivén más
corto, con un trayecto incompleto.
Clarice no parecía notar su irritación, entretenida como estaba con un
niño aterrorizado al que una ardilla le había mordido un dedo. Una dieta de
dedos, pensó Clarice. Miró a la madre del chico, histérica, sacudiendo al chico
como si quisiera sacar de él el espíritu de la ardilla, como si la naturaleza
lo hubiera infectado.
— ¡Maldita ardilla! ¡Maldita! —Gritó la madre, y en adelante arrastró al
hijo hacia una banqueta.
Dieta de dedos para una ardilla, y Clarice sonrió. Aquella mujer solo
exageraba su escándalo. No pudo menos que despreciarla. ¿De qué se sorprende?
¿No son los dedos de un niño, fáciles de masticar y de digerir para una
ardilla? ¡Ah, si las ardillas bebieran café con leche! Almacenarían dedos de
niños en la despensa, y a esta hora más o menos, ofrecerían a sus hermanas
deditos de niños para acompañar el café, y alguna dijera, con voz
extremadamente nasal, como seguro hablan las ardillas:
—Mmmm… Parecen bizcochitos.
A Fando comenzó a molestarle la
sensación hueca, tronchada de Clarice. De no tener por dónde tomarla y
conducirla hacia los abetos del parque. No supo a ciencia cierta si convendría
hacerle notar su falta de algo, era un desperdicio, la tarde andaba hermoseando
la copa de los árboles y un césped alegre sostenía el peso de varias familias
de gansos. ¿Cómo conducirla hacia la terraza donde los gansos espulgaban sus
plumas, quedando de pronto acéfalos? Pero todo el tiempo que Fando tarda en
reflexionar sobre un asunto lo desperdicia luego en una acción violenta.
— ¿Dónde está tu mano derecha?
Clarice suspiró. Quería pensar en
aquella mujer. Imaginarla. Y al imaginarla, conocerla.
—La corté.
—Es evidente.
Y Fando desesperó, sobre todo al no
ver en Clarice una forma de nostalgia. La tarde, los gansos en los jardines,
los chicos lanzando platillos, las ardillas comiendo dedos de niños, la madre
corriendo con pudor porque ha visto en la ardilla una realización suya y teme
que sea ella quien los haya comido, las iguanas en los árboles, indiferentes,
rústicas.
—Quiero conocer tus razones —insistió.
—Me gustaría reservármelas —fue lo
que alcanzó a decir, y se sentó en la planicie que comenzaba a bordear el lago.
Es un lago artificial, por supuesto, pero el contoneo de los gansos lo vuelve
mucho más alegórico.
Fando se sentó a su lado.
En la ribera del lago, los gansos ensayaban un paso de bailarinas
gordas, quizá un grand jeté, seguido
de un ganso más gordo concentrado apenas en el croisé derriere.
—Dime porqué te has cortado la mano,
Clarice.
—Quise matarte.
— ¿A quién? ¿A mí? —Fue casi un
gritillo.
—Sí.
— ¡A mí!
Reflexionó.
— ¿Cuándo?
—La antevíspera.
Aturdido, esperó unos minutos para
hacer su próxima pregunta, guiado por una intuición, por la intuición de saber
dónde exactamente fantasean los amantes en matarse:
—¿Dónde estábamos?
—En la cama. Tú dormías.
—Continúa.
—Tu respiración era calmosa y
profunda. Estabas tan indefenso.
— ¡Por supuesto que estaba
indefenso, Clarice, estaba dormido a tu lado!
―Esa indefensión tienta a la
imaginación a traicionarla.
Clarice arrancó una hoja del césped
y succionó el extremo más blando. Era dulce.
—Algo en uno tiene la memoria de una
terrible barbarie que te hace maldito. Parece que hay una continuación dentro de
uno que sueña con efectuarse, no sé en qué lugar —miró los alegres gansos—. La
gente en general tiene sus fantasías de matar.
Clarice desvió la mirada a los ojos
de Fando.
—¿Y tú? ¿Has fantaseado con matarme?
A Fando le pareció insostenible
aquella pregunta. Pero la respuesta era tan o más irresistible. Además, Clarice
acababa de cercar todos sus gestos.
—Sí —confesó afligido.
— ¿Cuándo?
—A veces, cuando das la espalda.
Cuando estás en la cocina.
— ¡En la cocina! —Rió Clarice.
—Pero hay algo más inmoral que
imaginar el asesinato.
― ¿Qué es? ―Preguntó interesada.
―Jugar mentalmente con una forma prolija de esconderlo.
― ¡Oh! ―Se detuvo a admirar la astucia de su marido.
Luego inquirió: ¿De qué manera esconderías mi cadáver?
Un ganso macho comenzó a perseguir a
un ciclista. Lo fustigó hasta que lo sacó de la calzada.
―Tengo algunas variantes.
― ¿Cuáles?
―He imaginado cremarte, o degollarte.
―Es muy corriente.
―Es estúpido. Pensar en esto me acobarda. Nunca llego al
final de la secuencia, y me imagino entregándome a la policía.
Ambos miraron el lago y vaciaron en él la ensoñación.
—Pero
no has debido cortarte la mano, Clarice ―dijo Fando, menos turbio—. Sólo son
fantasías.
—¿Quién lo asegura? ¿Quién te
protege de las fantasías del otro? De no hacerlo tomaría esta fantasía con tan
poco carácter que pasado el tiempo volveré a ella, se recargará continuamente,
con una conciencia juvenil, más o menos emancipada.
Clarice lo abrazó.
—Todo está bien, Fando, estás seguro
ahora. Todo quedó consumado en mi mano.
(3: Comida para garajes)
—Ya no quiero que estén en esta casa.
Lo he pensado mejor. Todo esto es una tontería.
La luna picada en tirillas se muestra a través la
persiana, y se refleja en el cuerpo desnudo de Clarice que observa con
desinterés la forma en queda picada por aquellas sombras. Las tetas caen con su
propio peso sobre el vientre liso, nunca se acostumbra a que una cuelgue más
abajo que la otra.
—Diles que se vayan.
—No puedo —responde medio dormido.
—Si no lo haces tú, lo haré yo.
—Por supuesto que lo harás tú. Son tus amigos.
Fando abre los
ojos: Si no retira lo dicho, Clarice se levantará de la cama y los echará, los
aventará de nuevo a la infancia, de donde no han debido salir. Observa que la
sombra de la persiana fragmenta a Clarice. Siente necesidad de protegerla de
aquella vivisección, coserla, restaurarla.
—Me parece
exageras. Déjalos. ¿Qué daño pueden hacerte?
Clarice saca una pierna de la sábana, necesita respirar.
Las piernas también respiran.
—Es incómodo que
vengan a buscar a la niña de ocho años —dice, cansada—. Ahora tengo treinta y
seis. De qué se sorprenden.
—Baja la voz. Te
escucharán.
—Que me escuchen, así no tendré que repetirlo mañana —esto último lo dice mientras
va al baño—. La gente no debe llegar así del pasado, buscando
las mismas cosas.
Clarice se sienta en la poceta. Orina. Y el chorro de orine es el único
sonido de la noche.
—¿De dónde salieron estas personas, Fando? —Ella surfea en la poceta, odia que el
orine salga desordenado y moje el interior de sus muslos—. La
infancia no es una extensión de nada que valga la pena dilatarlo, de lo
contrario, siempre seremos infelices.
Fando presta
atención a esto último. Le hubiera gustado contradecirla, pero en realidad, no
es un conflicto suyo. No le importa. No a las tres de la madrugada.
—Ya me hubiera
alegrado encontrar a los amigos de mi infancia… A Roy, a Marco —dice Fando.
—La infancia. ¡Son
demasiados años! —Dice sin escucharlo, enrollando el papel alrededor de su mano
y limpiando el orine de su pubis― Pasado todo este tiempo ―dice― se ha perdido
el derecho de algo. Creo que se ha perdido el derecho de que les des una
explicación de lo que terminaste siendo ―y arroja el papel a la papelera, como repleta de rosas
blancas.
Clarice toma su lugar en la cama.
Aquellas personas remotas, remotas, duermen en la habitación contigua. Han
podido ser alacranes, vasos, espíritus, trompetas.
—Ya
no son mis amigos ―dice―.
Lo que me unía a ellos, ya no me une jamás.
Toca el pecho de Fando con la punta
de los dedos. Es un pecho casi infantil, lampiño, de lisos músculos.
—Mañana les diré que se vayan. El
pasado debe quedarse en el garaje, junto a mis patines.
(4: Comida para una lámpara)
Con una navaja filosa, Clarice
dibujó sobre la pared el contorno donde su sombra andaba sintiéndose cada vez
más segura. Hecho esto, superpuso el papel contac al dibujo, y fue cortando el
papel con la navaja, según el contorno de su sombra. A partir de este momento
todo sería más sencillo. Encaró ambos materiales, cuidándose de que coincidiera
la figura recortada con el dibujo de la pared. Luego, ayudada con la uña,
desplegó el papel contac, aplastándolo con la mano en la medida en que lo
liberaba del protector, hasta que la sombra quedó completamente cubierta con la
pegatina. Clarice brincó de alegría, bailó tap, rolliza, como Shirley Temple,
tal vez un poco más encomiástica. Con la palma de la mano alisó la superficie,
eliminando la formación de burbujas.
Minutos después de su contemplación, fue despegando poco a poco el
papel. Su experimento era contundente. No había sombra. La sombra quedó pegada
al papel contac.
Clarice gritó de emoción. Volvió a bailar tap-tap-tap alentada por la
suela de sus zapatos. Caminó de un extremo a otro de la habitación y confirmó
que nada, aparte de ella, se movía. La pared estaba limpia de sombra. Se
aproximó a lámpara. Sólo a contraluz sabría si aquel experimento habría dado
resultado. Movió su mano debajo de la copa de la lámpara. En efecto, sólo era
su mano, mano limpia de otras manos.
Fando llegó al final de la tarde. Clarice
lo esperaba en el sillón, desnuda. Esto le agradó. Una mujer que espera desnuda
a un hombre siempre es la mujer soñada. Clarice no podía estar más blanca, como
recién bañada. La besó en la frente.
— ¿Notas algo distinto en mí? —se
divirtió Clarice.
Fando retrocedió para observarla. En
estos juegos, cualquier cosa que se diga es un desacierto, por lo que se debe
apelar a lo invisible:
—Estuviste viendo una película de
Kim Ki Duk.
— No, claro que no —dijo riendo.
—Caminaste por la playa, recogiste
piedras, besaste a algún barquero.
—¡Fando, mírame bien!
—Qué sé yo, Clarice —dijo liberándose de la
corbata— Estás igual. Un poco más blanca.
— ¿Sí? —sonrió.
Fando se detuvo de nuevo a
observarla. Aquella blancura en Clarice podía significar tres cosas nada más,
un baño de leche, el concierto de Aranjuez o la falta de su sombra.
—Te cortaste la sombra.
— Sí.
Clarice saltó a sus brazos.
— ¿Te cortaste la sombra?
Dijo Fando, sorprendido, y miró la
pared, donde una vez, hubo otra Clarice.
(5: Comida
para un barril)
A seis metros de casa, Fando divisó
el bote de basura, y en su interior, dos objetos sobresalientes. Eran las
piernas de Clarice. Rígidas, blancas, cruzadas en equis. Palideció. Los pies
todavía estaban calzados, y conocía esos zapatos rojos, conocía el olor a
alquitrán de los zapatos rojos, el ruido que hacían los zapatos rojos sobre la
cerámica, la vitalidad que cobraba Clarice cuando caminaba con ellos por la
avenida Landaeta. Apresuró el paso. Tomó ambas piernas y entró a la casa. Clarice
dormitaba en el sofá. Había olvidado apagar la televisión.
Acomodó las piernas en el rincón,
con alguna dificultad, hasta que pudo incorporarlas sobre los tacones de los
zapatos rojos. Apagó el televisor. Miró a Clarice, cada vez más incompleta.
Arrimó hacia un lado algunos libros y se sentó en la mesilla. ¿Qué pretende?,
pensó. ¿Dejarme lo peor, el lugar donde se adosan las vísceras, los riñones,
las costillas?
Levantó la manta con la que Clarice cubría su última mutilación. Miró el
espacio vacío. Las piernas no estarían allí jamás, en este momento vacilaban
sin equilibrio sobre los cimientos de los zapatos rojos, apoyadas en el rincón,
suspensas, como manteniendo a una mujer que espera un taxi en una esquina. Una
mujer por la mitad, eso era Clarice ahora. Ha dejado un espacio sobrante en
todo lo que cupo; en la cama, en el auto, en la bañera, en la butaca del cine,
en el columpio. Incluso dejaba un espacio sobrante dentro él, cada vez con el
eco de una caja vacía, y quiso saber con qué tipo de relleno se cargan estos
espacios interiores que la gente va llenando con aserrín.
Una pierna perdió el equilibrio y cayó, haciendo un estruendo de
plástico.
Clarice despertó.
—Hola —dijo.
—Hey.
Fando cruzó las manos y descansó su
cabeza sobre los pulgares.
— ¿Tienes mucho rato mirándome?
—No mucho.
— ¿Qué hora es?
—No tiene importancia.
Clarice se acomodó en el asiento. En
el lugar donde estuvieran sus piernas adaptó un cojín de organza. Miró las
piernas. Le incomodó ver una de ellas tirada en el piso, desubicada.
—Tuve ganas de irme.
— ¿De irte?
—Tuve ganas de abandonarte.
Fando miró las piernas. Las imaginó
alejándose de la casa, cruzar la avenida seguidas de una maletita con ruedas.
— ¿Eres infeliz? —dijo Fando.
—No. Por eso a veces quería
marcharme.
—No entiendo.
—Algo en uno jala hacia la desdicha.
Fando miró hacia el piso. Supo de
qué hablaba su mujer.
(6: Comida para Roland D. Laing)
Fando arrastra la silla de ruedas
mientras Clarice arrastra el carrito del supermercado, de forma que hacen un
mini tren de dos vagones. En la sección de detergentes, una voz los detiene:
—¿Fando?
Fando gira. Una rubia le espera con
sonrisa carmesí.
— ¿Estela?
—¡Fando! ¡Eres tú! —dice la rubia
abrazándole—. ¿Cómo has estado? ¡Que guapo estás!
Fando mira a Clarice, que se
entretiene leyendo las instrucciones del desmanchante de alfombras.
—Gracias.
Hubiera querido decir: tú estás
igual, pero en ese momento Clarice mueve la silla de ruedas y busca un frasco de
suavizante.
—Cuéntame. ¿Estudias, trabajas? ¿Te casaste? —pregunta
Estela con apetito.
Fando mira a Clarice. Estela también
la mira.
— ¿Es tu esposa? —le susurra Estela
deseando lo contrario.
—No, aún es soltero —responde Clarice
sin dejar de leer la etiqueta—. Yo soy su hermana.
(7: Comida para un adagio)
Fando marca siete dígitos desde el
teléfono de la oficina. Al otro lado de la ciudad, exactamente al norte, otro
teléfono repica. Repica tres, cinco veces. Nadie contesta. Fando marca de nuevo.
— ¿Aló? —Responde Clarice,
amodorrada.
—Explícame qué mierda es esta, Clarice
—Dice mirando el corazón que late en el interior de una caja de regalos, dejada
por un joven nervioso en cuyo rostro notó que no le había satisfecho la
propina.
—Es mi corazón, Fando, qué te puedo decir.
— ¡Por supuesto que es tu corazón, Clarice!
Clarice carraspea.
—Bueno, feliz cumpleaños. Por favor
no llegues tarde, tus padres llegaron hace cuatro horas, te hemos preparado una
linda cena. Tu madre salió un momento a comprar velitas. Está empeñada en esas
que explotan. No quiero estar a solas con tu padre, abusa de mi tiempo, tengo
horas leyéndole libros a capricho. Ya no puedo seguir leyendo una hoja más del
Amante de Lady Chatterley, voy a quedar afónica, con qué voz y expresión y
alegría voy a cantarte el cumpleaños feliz. Pero tampoco puedo negarme, ya
sabes cómo es tu padre, y está más ciego que el año pasado, esto es una locura.
Se parece a Borges en todo. En inglés quiere que le lea a Lawrence, en alemán a
Schopenhauer, en francés, a Cioran. Ahora quiere que lea el Tao Te King. ¡Cómo puede leer a Cioran y luego leer a Lao
Tse, Fando! ¡Es escalofriante, indigesto, es como comer fresas con sardina!
Pero esto no es todo. Para escuchar a Lao Tse me ha hecho prepararle té negro,
y como no le queda picadura para otra pipa más, se ha puesto a elaborar un
cigarro de marihuana. ¡No sabía que tu padre fumara marihuana, Fando! No me
dejes mucho tiempo sola con él, tu madre no le atiende y me lo pasa a mí, por
eso no creo que llegue tan temprano con las velitas. Vente rápido, habla con tu
jefe, invéntale algo, dile que tengo una apendicitis, que me morí, que se te
incendió la casa, no sé, no sé, dile algo. Por los momentos voy a prender
incienso. ¿Sabes dónde están los inciensos?
—Pero, Clarice... Yo quería una
camisa.
(8: Comida para un testaferro)
Apartamento en ruinas. Clarice, Fando
y un tercero, probablemente jurista, acaso llamado Domingo Gotopo, de entrecejo
tupido y gafas de carey. Rodean la única mesa del bufete, iluminados a duras
penas por una lámpara de gas.
—El problema, tal como está
planteado, no parece tener solución por esta vía —dice Domingo Gotopo, mirando
a la pareja— pues los contratos entre particulares en esta área, no son
aplicables en Venezuela.
Ve en el rostro de sus clientes la
fe en la continuación de lo que ha dicho. Luego agrega:
—Como tampoco podremos trabajar
sobre una sucesión a título personal, pues aquí no existe forma de sucesión de
una persona viva, como comprenderán. Lo más apropiado sería elaborar un
testamento, que es un acuerdo entre vivos sobre la muerte —a Gotopo le gustó su
propia expresión—. Es la única forma jurídica que transfiere, entre otras
cosas, la parte del cuerpo que su cónyuge quiera legarle. En este caso, la señora
Camila…
—Clarice —Corrige Fando.
—La señora Clarice Morales deja como patrimonio su dentadura. ¿No es
así?
—Claro, claro —responde Fando.
— Ahora bien, ya que el causante
beneficia con su herencia a uno o más herederos, mi pregunta es la siguiente: ¿Hay
alguna otra persona, un pariente consanguíneo que pueda reclamar derechos sobre
su dentadura? Porque siendo afirmativo, estos heredan el cincuenta por ciento
de la herencia. En este caso, un maxilar para los hijos y el otro maxilar para
el cónyuge. ¿Hijos naturales o adoptivos?
—No tenemos hijos—dicen al unísono.
— ¿Padres?
—Mis padres están muertos —responde Clarice.
—A falta de estos dos, el cónyuge
deberá compartir su dentadura con sus hermanos, parientes colaterales.
—No tengo —responde Clarice.
—Es usted un hombre muy afortunado —dice Domingo Gotopo—, bien sabe
usted que de no tener heredero alguno, la dentadura de su esposa pasaría como
bien del Estado —sonríe para sí—. Es un chiste. Entonces, no queda más que
decirle que la dentadura de su esposa pasará íntegramente a su poder, esto,
claro, como comprenderá, después de su muerte.
La voz de Domingo Gotopo resonó en la habitación prácticamente vacía, y
el eco le devolvió sus palabras con suavidad: después de su muerte, después de
su muerte, después de su muerte.
—Quisiera saber —dice Fando— si existe una medida legal, de carácter
prohibitivo, que garantice que mi esposa no pueda, bajo ninguna circunstancia,
arrancarse la dentadura o agraviarla con cualquier tipo de daño.
—Oh —Y en ese instante, Domingo Gotopo, quiso fervientemente verla
sonreír—. Hablaríamos entonces de una prohibición de enajenar y gravar. Ella tendrá prohibido la venta, el intercambio,
el agravio, el alquiler de su dentadura. Y por supuesto, estará obligada a su
mantenimiento. En caso de incumplir, será multada por el Tribunal y tendrá que
indemnizar a la otra parte perjudicada, en este caso usted. ¿Está de acuerdo,
señora Clarice?
—Sí —dice sin dudar, amparada por una
fe personal.
—Yo pediría ante el juez la
prohibición de enajenar y gravar su dentadura. Esto es un procedimiento dentro
de un procedimiento grande. Debemos redactar un oficio que indique que esta
dentadura es el único bien valioso. ¿Bien?
—Sí, sí.
—Lo imaginé —dice con despecho por
las partes mutiladas de la mujer—. Para este fin, se procederá a hacer un
inventario de su dentadura. El documento debe ser claro, cuántos incisivos,
molares, premolares posee en el momento de redactar la prohibición.
—Tengo mi dentadura completa. Dos
muelas calzadas.
—De acuerdo. A partir de ese momento
usted tendrá la administración de sus dientes pero no podrá disponer de ellos.
Luego dijo dirigiéndose a Fando:
— ¿Quisiera asegurar alguna otra parte del cuerpo de su esposa?
Ambos observan a Clarice. Es una una pregunta osada.
—No.
—Entiendo.
Y luego:
—Muy bien, muy bien. Les llamaré al tiempo de que el Juez determine si
es pertinente o no. Todo depende de si declara con lugar.
—Gracias, doctor —dice Fando ofreciendo su mano y Domingo recibiéndola.
—No es nada, no es nada.
(9: Comida para una podadora)
Fando duerme, profundamente lácteo
sobre la cama. Clarice lo observa desde la puerta. Es un hombre suave, quizá
inesperado sobre las cosas. Se hace el dormido, el amado. Los muebles imitan el
peso de su carne. Todo calla cuando Fando duerme, que no es dormir: es un
dejarse ver, de lo bello. Trae en sus nalgas la sustancia de las nubes, algo de
leche coagulada le compone. A Clarice le provoca besarle, pero se guarda la
boca, reprime el deseo por un pudor mayor. Sabe que si se marcha y cierra la
puerta, su hombre quedará al mal cuidado del tiempo, y envejecerá. Entonces no
tendrá valor para verlo envejecer. Le horroriza saber que lo despreciará en
unos años.
Sin pensarlo dos veces baja a la cocina, chorreándose por
las escaleras. Toma un cuchillo. Se produce un ruido de agua exacerbada, un
chapoteo. Clarice deja el cuchillo sobre la mesa.
Dos ojos
marrones caen en el césped del vecino.
(10: Comida para una multitud)
Las patas de un silencio metálico,
hostil, aplastan los objetos de la casa.
Reprime sus estridencias, sus afluentes.
Fando lo sabe.
Está claro que los objetos han cercado a Clarice.
Puede notarlo.
—desde el umbral de
la puerta—
Los objetos constreñidos con ingenuidad, solemnes, abúlicos.
Sabe también que no encontrará en ellos las marcas del día que deja en
las cosas algunas heridas visibles,
(el silencio y el orden han borrado la impronta de la cotidianidad
se han chupado las huellas humanas)
Esto lo obliga a buscar a Clarice por sus propios medios.
En la cocina,
cada cosa ocupa su lugar
sin traslucir nada
espontáneo.
Nada se cuece.
Nada se desintegra.
Ni siquiera apestan los racimos
de ajo que cuelgan de la alambrada.
Así,
la lavandería,
la sala de té,
la azotea, vencida por un verano que fue desecando la ternura de las
formas convirtiéndolas en cáscaras.
Las palomas se juntan para mirarlo con desafecto.
También son cáscaras de palomas.
Todo indica que algo está hecho.
¿A dónde habrá ido Clarice,
sin corazón
sin clítoris
sin piernas
sin pasado
sin ojos
sin mano derecha
sin sombra
sin sujetarlo ya a su amor?
— ¿Clarice? —gime.
En el dormitorio, el televisor
apagado restaura su carga hipnótica.
Clarice no está en la cama,
ni en el cuarto de baño,
ni dentro de la tina,
ni colgada de los ganchos de ropa,
ni metida del espejo.
Fando se deja caer en la cama,
—tachando dentro de sí
todos los lugares posibles en los cuales pueda encontrarla agazapada y con
miedo.
Allí
Sentado
siente los pellizcos.
Ha pisado una multitud de hormigas.
Lo muerden
Como si fuera un hombre de madera.
Las hormigas salen de debajo de la
cama. Se dividen en cadenas nerviosas.
Van cargadas.
Pero Fando se agacha.
Sopla.
Dispersa a la multitud que se congrega enérgicamente en algunos
promontorios mayores.
Son pedazos de carne.
Mechones de pelo.
Algunas hormigas se apiñan sobre un
pedazo de fotografía.
Es una fotografía picada en dos
partes desiguales.
La que tiene en la mano es la cabeza
de Clarice.
Los mordiscos de las hormigas han
borrado parte del rostro.
Fando busca la otra mitad.
La consigue cerca de las patas de la
cama.
La completa.
Clarice en el puente Primero de
Mayo.
Recuerda ese día, habían comprado
entradas al ballet. Estaba hermosa, conforme.
Fando retrocede.
Se dilata.
Estará a salvo en el rincón.
Tarde o temprano tendrá que mirar
Tarde o temprano tendrá que mirar debajo de la cama donde las hormigas
van a buscar algo grande, deslumbradas por un futuro mejor.
Debe mirar.
No sabe cuándo.
Pronto, pronto.
Quizá mañana.
Cuando las hormigas hagan lo suyo
Cuando limpien la última imagen
de Clarice.


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