LA CIRCUNCISA (O el decálogo de la mutilación)

by - abril 08, 2019

"Clarice estiró la mano hacia la mantequilla, luego, con una fuerza ignota, tomó el clítoris y lo arrojó a la pecera: Este sería su último gesto de desprecio"


(1: Comida para peces)


―Ya lo sé todo del placer ―dijo Clarice sin acústica, en la forma en que alguien sale de sí mismo después de largo tiempo. 
Fando no respondió. Le pareció una frase hecha premeditadamente, redonda, hermética, que comenzaba en Clarice y terminaba en Clarice. Quizá defectuosa, porque en aquella frase no había espacio para él, como esas que sólo tienen capacidad para sostener, a lo sumo, una carga humana. Fando continuó masticando el pan. Se atemorizó. Si empezaba y terminaba en Clarice tal como lo había planteado, dando por terminada una aventura consigo misma, entonces él estaba siendo sacrificado.
Levantó la cabeza. El plato de Clarice permanecía intacto. Sólo había probado la leche, que blanqueaba el cristal del vaso con una mancha disonante.
Ella lo esperó con una mirada serena, con lo cual comprobó que no sólo era defectuosa y redonda la frase, sino purgatoria y concluyente. No supo qué hacer con la mirada de Clarice y sin embargo la sostuvo. La invitó a explicarse, a herirlo mucho más que eso. Ella entendió e hizo lo propio, acompañó su frase hasta el final. Se levantó, extrajo del bolsillo del delantal una tijera. En esto apretaba el delantal con los dientes mientras levantaba la falda. Movió la pantaleta a un lado y separó sus labios mayores. Así dejó expuesta su vagina, caliginosa, incoherente como una flor atrofiada. Luego, mediante un movimiento exacto, se cortó el clítoris.
El grito quedó atrapado en la fibra del delantal.  La tijera dio varios saltos antes de estrellarse contra la pared y quedar en el rincón como una cruz sin alma.
Fando hizo un viaje triangular con los ojos; la tijera, el clítoris que Clarice estaba colocando con mano temblorosa en el plato de mantequilla, y Clarice, que ya regresaba a su lugar en la mesa.
Ella bebió un trago largo de leche. No era un gran sabor el de la leche líquida; más bien un sabor a blanco perezoso. Fando arrastró hacia sí el plato de mantequilla congelada, ahora ataviada con siroppe de sangre.
            ―Déjalo ―le ordenó Clarice―. Es inútil.
            Fando se sorprendió al encontrar en él un gesto primario y se avergonzó. No, nunca fue un hombre curioso. De todas formas le pareció que desentonaba el clítoris sobre la mantequilla. Se sintió humillado:
―¿Qué habéis hecho? ―Su voz no era precisamente el gran escondite para su propia deshonra.
La brisa empujó las puertas del balcón y estremeció las cortinas. Asimismo movió las hojas del bonsái que, sobre la repisa, se contorneaba con un espíritu juvenil a pesar de su forma retorcida y longeva. Clarice miró la ciudad. Siempre es un preámbulo mirar hacia la ventana, se ordenan cosas en la cabeza. Millones de casas apretujadas unas con otras palpitaban. Es que un insignificante trocito de carne temblaba sobre la mantequilla, como un hijo al que ya no se le quiere. Vio, en este trocito de carne, el ánima de las cosas irreversibles. Ya no sería jamás uno con la carne, la carne acababa de perder su más valioso testigo:
―Es la muerte del símbolo ―dijo finalmente, casi con afecto.
            Fando desvió la mirada a la pecera. Es natural mirar la pecera cuando se está así de perdido, y los peces son buenos para dibujar en el agua la agitación de un pensamiento. Los odia. Nunca sabe cuando un pez llora. ¡Cuándo mierdas se entera del llanto de un pez, si todo lo que dice o piensa se queda en el agua! Sin duda, Fando es un hombre saludable, las cosas pasan por él sin detenerse. Aquella mañana no daría lugar a nada más. Por mucho que intente regurgitar seguirá siendo la misma mañana, sin rencores acumulados: está claro que se halla inhabilitado para masticar más de dos veces una misma pesadilla. De manera que pasados dos o tres meses le surgirán de nuevo intensas ganas de saborear mantequilla congelada, y será la misma mantequilla que adora disolver en la boca. Sí, sí, será la misma mantequilla. Sin embargo, Fando estaba herido. Algo de él acababa de quedar afuera de Clarice.
― ¿Es que ya no me amas?
―Es que ya estoy satisfecha.
.           ―Has debido consultarlo conmigo.
―¿Por qué habría de hacerlo?
―No has considerado que después de tantos años, tu clítoris fuere un poco mío también ―reclamó―. Lo es mi pene. Es decir, mi pene es mío, pero de alguna forma que no llego a explicarme viene a ser tuyo.
Clarice sorbió otro trago de leche y prefirió guardar silencio; vio en la idea de Fando una sutileza a la que no podría darle continuidad, y prefirió no instigarlo.
―Si me permites ―continuó, viendo que ganaba terreno―, es una forma muy grosera de sacarme de tu vida. Quedas jugando sola un juego que no comprendo.
―Ya no me interesa el placer ―replicó―. Lo sé todo de él, cómo y dónde conseguirlo,  lo que es capaz de darme. Luego, el placer me retrae. Su discurso es demasiado íntimo. Me ha vuelto solemne para la introspección. Ya no sé pensar ―concluyó.
Luego se preguntó en voz alta:
― ¿Cómo podré hacerlo si el placer es autosuficiente, y se basta demasiado a sí mismo?
Fando retiró su alma hacia un lugar del tenedor con el que atraía los huevos a un rincón del plato, ensayando un bocado que no comería en los próximos minutos.
― ¿Puedo saber en qué necesitas pensar para que llegue a estorbarte el placer?
Clarice ordenó las piezas de pan con el tenedor. No se había propuesto hacer una figura específica, pero la espontaneidad iba atrayendo piezas con su propia lógica.
―No sé. Por ejemplo, me gustaría estudiar toda la historia. Desde el comienzo, cuando no había narrador.
El hombre repelió la textura de los huevos revueltos, desabridos, con un intenso sabor a lo que amanece rancio. ¿Acaso no es un huevo revuelto la carne traslúcida y avergonzada de un feto? ¿Cómo ha podido suceder que tenga sabor el cuerpo de un polluelo que no ha nacido? El mundo es raro, pensó Fando, pero una lágrima suya lo entretuvo. La lágrima bajó orillada a la cuenca de la nariz, empozándose en la comisura de los labios. El salitre vino a sazonar la carne del feto que se deshacía en la boca. Esta mezcla artificial del huevo con su lágrima produjo en él una gran tristeza.
            Por su parte, Clarice se preguntó qué vía condujo a Fando al estatus de la víctima, ahora que ha declarado sus genitales como una propiedad mutua. Fando se llevó a la boca una hogaza de pan. Quería besar a Clarice. Masticaba este deseo y lo mezclaba con el sabor de la harina. De haber escupido el bocado de pan, nadie jamás habría dado con este deseo.
—Querida: Me parece que la historia tiene un gran defecto —dijo sin afanarse—. Es demasiado larga. No vale la pena un sacrificio como éste.
            Durante los próximos segundos Clarice divagó. Una vez sólida, dijo:
—Sobre todo bastante larga para quien tenga el peor de los obstáculos.
Fando tomó el comentario para sí, aunque pudo torearlo.
—¿Soy una distracción para ti? —Preguntó de mal humor.
—No eres ni un obstáculo para ti mismo. 
Fando sostuvo en su boca el jugo de naranja. No supo cómo separar la humillación del halago.
—Ocurre que si no puedo darte placer ―dijo Fando― quedo un poco inútil. Ya no soy imprescindible. ¿Qué haré luego cuando te desee?
—Me tomarás —respondió Clarice sin pasión.
— ¡Ah, pero tomaré a una madera, a una mesa de planchar, no a Clarice! ―suspiró―.Tú estarás cada vez más dentro de ti. Nadie podrá sacarte.
—Ya todo lo has tenido de mí. No se puede sacar siempre la misma cosa infinitamente.
Fando se resignó. Todo era demasiado inútil.
—Tu castración me intimida —Fando se llevó a la boca el resto del huevo, definitivamente más animado— Me has dejado libre para buscar mi propio placer.
—Correcto.
—Y es una libertad que no esperaba. Me tomará tiempo acostumbrarme a ella.
Ambos rieron.
Clarice estiró la mano hacia la mantequilla, luego, con una fuerza ignota, tomó el clítoris y lo arrojó a la pecera: Este sería su último gesto de desprecio.
Los peces se apartaron rápidamente, coloreados por la sangre. Quedaron suspendidos, como separados por esa estrella desflecada, estropeada, también equidistantes a una pequeña ambición. Ya después, viendo que la suerte no se retiraba, fueron aproximándose a la carne, a la que mordisquearon con timidez. El más pequeño era el más entusiasmado, rodeaba el banquete con movimientos eléctricos, sin llegar a morder más allá de lo invisible.

 (2: Comida para un guante blanco)


        Sólo cuando quiso estrecharla de la mano, que significaba más o menos conducirla pacíficamente hacia los últimos rayos del atardecer, cuando ya habían trazado la mitad del parque, en la hora en que los niños dan a morder panecillos a las ardillas aún cuando no llegan a franquear amistad con nadie, Fando notó que sostenía un brazo más corto de lo normal. No supo cómo agarrar a Clarice. Se exigió una respuesta mentalmente, pero no se detuvo. Continuó caminando con normalidad, preguntándose que si a Clarice le faltaba una mano, la mano con la que acostumbraba llevarla a pasear, ¿qué mano tomaría ahora? Se ruborizó, no tanto al sorprenderse buscando una mano que ya Clarice no tenía, sino al saberse excluido de aquel desprendimiento. No. No tomaría la otra mano. La otra era un resto de Clarice, y Fando tenía mucha dignidad. Miró de reojo el brazo de su mujer. En efecto, le incomodó el movimiento de aquel brazo, hacia delante y hacia atrás, con un vaivén más corto, con un trayecto incompleto.
Clarice no parecía notar su irritación, entretenida como estaba con un niño aterrorizado al que una ardilla le había mordido un dedo. Una dieta de dedos, pensó Clarice. Miró a la madre del chico, histérica, sacudiendo al chico como si quisiera sacar de él el espíritu de la ardilla, como si la naturaleza lo hubiera infectado.
— ¡Maldita ardilla! ¡Maldita! —Gritó la madre, y en adelante arrastró al hijo hacia una banqueta.
Dieta de dedos para una ardilla, y Clarice sonrió. Aquella mujer solo exageraba su escándalo. No pudo menos que despreciarla. ¿De qué se sorprende? ¿No son los dedos de un niño, fáciles de masticar y de digerir para una ardilla? ¡Ah, si las ardillas bebieran café con leche! Almacenarían dedos de niños en la despensa, y a esta hora más o menos, ofrecerían a sus hermanas deditos de niños para acompañar el café, y alguna dijera, con voz extremadamente nasal, como seguro hablan las ardillas:
—Mmmm… Parecen bizcochitos.
      A Fando comenzó a molestarle la sensación hueca, tronchada de Clarice. De no tener por dónde tomarla y conducirla hacia los abetos del parque. No supo a ciencia cierta si convendría hacerle notar su falta de algo, era un desperdicio, la tarde andaba hermoseando la copa de los árboles y un césped alegre sostenía el peso de varias familias de gansos. ¿Cómo conducirla hacia la terraza donde los gansos espulgaban sus plumas, quedando de pronto acéfalos? Pero todo el tiempo que Fando tarda en reflexionar sobre un asunto lo desperdicia luego en una acción violenta.
            — ¿Dónde está tu mano derecha?
            Clarice suspiró. Quería pensar en aquella mujer. Imaginarla. Y al imaginarla, conocerla.
            —La corté.
            —Es evidente.
            Y Fando desesperó, sobre todo al no ver en Clarice una forma de nostalgia. La tarde, los gansos en los jardines, los chicos lanzando platillos, las ardillas comiendo dedos de niños, la madre corriendo con pudor porque ha visto en la ardilla una realización suya y teme que sea ella quien los haya comido, las iguanas en los árboles, indiferentes, rústicas.
            —Quiero conocer tus razones —insistió.
            —Me gustaría reservármelas —fue lo que alcanzó a decir, y se sentó en la planicie que comenzaba a bordear el lago. Es un lago artificial, por supuesto, pero el contoneo de los gansos lo vuelve mucho más alegórico.
            Fando se sentó a su lado.
En la ribera del lago, los gansos ensayaban un paso de bailarinas gordas, quizá un grand jeté, seguido de un ganso más gordo concentrado apenas en el croisé derriere.
            —Dime porqué te has cortado la mano, Clarice.
            —Quise matarte.
            — ¿A quién? ¿A mí? —Fue casi un gritillo.
            —Sí.
            — ¡A mí!
            Reflexionó.
            — ¿Cuándo?
            —La antevíspera.
            Aturdido, esperó unos minutos para hacer su próxima pregunta, guiado por una intuición, por la intuición de saber dónde exactamente fantasean los amantes en matarse:
            —¿Dónde estábamos?
            —En la cama. Tú dormías.
            —Continúa.
            —Tu respiración era calmosa y profunda. Estabas tan indefenso.
            — ¡Por supuesto que estaba indefenso, Clarice, estaba dormido a tu lado!
            ―Esa indefensión tienta a la imaginación a traicionarla.
            Clarice arrancó una hoja del césped y succionó el extremo más blando. Era dulce.
            —Algo en uno tiene la memoria de una terrible barbarie que te hace maldito. Parece que hay una continuación dentro de uno que sueña con efectuarse, no sé en qué lugar —miró los alegres gansos—. La gente en general tiene sus fantasías de matar.
            Clarice desvió la mirada a los ojos de Fando.
            —¿Y tú? ¿Has fantaseado con matarme?
            A Fando le pareció insostenible aquella pregunta. Pero la respuesta era tan o más irresistible. Además, Clarice acababa de cercar todos sus gestos.
            —Sí —confesó afligido.
            — ¿Cuándo?
            —A veces, cuando das la espalda. Cuando estás en la cocina.
            — ¡En la cocina! —Rió Clarice.
            —Pero hay algo más inmoral que imaginar el asesinato.
            ― ¿Qué es? ―Preguntó interesada.
            ―Jugar mentalmente con una forma prolija de esconderlo.
            ― ¡Oh! ―Se detuvo a admirar la astucia de su marido. Luego inquirió: ¿De qué manera esconderías mi cadáver?
            Un ganso macho comenzó a perseguir a un ciclista. Lo fustigó hasta que lo sacó de la calzada.
            ―Tengo algunas variantes.
            ― ¿Cuáles?
            ―He imaginado cremarte, o degollarte.
            ―Es muy corriente.
            ―Es estúpido. Pensar en esto me acobarda. Nunca llego al final de la secuencia, y me imagino entregándome a la policía.
            Ambos miraron el lago y vaciaron en él la ensoñación.
            —Pero no has debido cortarte la mano, Clarice ―dijo Fando, menos turbio. Sólo son fantasías.
            —¿Quién lo asegura? ¿Quién te protege de las fantasías del otro? De no hacerlo tomaría esta fantasía con tan poco carácter que pasado el tiempo volveré a ella, se recargará continuamente, con una conciencia juvenil, más o menos emancipada.
            Clarice lo abrazó.
            —Todo está bien, Fando, estás seguro ahora. Todo quedó consumado en mi mano.

 (3: Comida para garajes)

            —Ya no quiero que estén en esta casa. Lo he pensado mejor. Todo esto es una tontería.
            La luna picada en tirillas se muestra a través la persiana, y se refleja en el cuerpo desnudo de Clarice que observa con desinterés la forma en queda picada por aquellas sombras. Las tetas caen con su propio peso sobre el vientre liso, nunca se acostumbra a que una cuelgue más abajo que la otra.
            —Diles que se vayan. 
            —No puedo —responde medio dormido.
            —Si no lo haces tú, lo haré yo.
            —Por supuesto que lo harás tú. Son tus amigos.
Fando abre los ojos: Si no retira lo dicho, Clarice se levantará de la cama y los echará, los aventará de nuevo a la infancia, de donde no han debido salir. Observa que la sombra de la persiana fragmenta a Clarice. Siente necesidad de protegerla de aquella vivisección, coserla, restaurarla.
—Me parece exageras. Déjalos. ¿Qué daño pueden hacerte?
            Clarice saca una pierna de la sábana, necesita respirar. Las piernas también respiran.
—Es incómodo que vengan a buscar a la niña de ocho años —dice, cansada—. Ahora tengo treinta y seis. De qué se sorprenden.
—Baja la voz. Te escucharán.
—Que me escuchen, así no tendré que repetirlo mañana —esto último lo dice mientras va al baño—. La gente no debe llegar así del pasado, buscando las mismas cosas.
Clarice se sienta en la poceta. Orina. Y el chorro de orine es el único sonido de la noche.
—¿De dónde salieron estas personas, Fando? —Ella surfea en la poceta, odia que el orine salga desordenado y moje el interior de sus muslos—. La infancia no es una extensión de nada que valga la pena dilatarlo, de lo contrario, siempre seremos infelices.
Fando presta atención a esto último. Le hubiera gustado contradecirla, pero en realidad, no es un conflicto suyo. No le importa. No a las tres de la madrugada.
—Ya me hubiera alegrado encontrar a los amigos de mi infancia… A Roy, a Marco —dice Fando.
—La infancia. ¡Son demasiados años! —Dice sin escucharlo, enrollando el papel alrededor de su mano y limpiando el orine de su pubis― Pasado todo este tiempo ―dice― se ha perdido el derecho de algo. Creo que se ha perdido el derecho de que les des una explicación de lo que terminaste siendo ―y arroja el papel a la papelera, como repleta de rosas blancas.
            Clarice toma su lugar en la cama. Aquellas personas remotas, remotas, duermen en la habitación contigua. Han podido ser alacranes, vasos, espíritus, trompetas.
Ya no son mis amigos ―dice―. Lo que me unía a ellos, ya no me une jamás.
            Toca el pecho de Fando con la punta de los dedos. Es un pecho casi infantil, lampiño, de lisos músculos.
            —Mañana les diré que se vayan. El pasado debe quedarse en el garaje, junto a mis patines.

(4: Comida para una lámpara)


            Con una navaja filosa, Clarice dibujó sobre la pared el contorno donde su sombra andaba sintiéndose cada vez más segura. Hecho esto, superpuso el papel contac al dibujo, y fue cortando el papel con la navaja, según el contorno de su sombra. A partir de este momento todo sería más sencillo. Encaró ambos materiales, cuidándose de que coincidiera la figura recortada con el dibujo de la pared. Luego, ayudada con la uña, desplegó el papel contac, aplastándolo con la mano en la medida en que lo liberaba del protector, hasta que la sombra quedó completamente cubierta con la pegatina. Clarice brincó de alegría, bailó tap, rolliza, como Shirley Temple, tal vez un poco más encomiástica. Con la palma de la mano alisó la superficie, eliminando la formación de burbujas.
Minutos después de su contemplación, fue despegando poco a poco el papel. Su experimento era contundente. No había sombra. La sombra quedó pegada al papel contac.
Clarice gritó de emoción. Volvió a bailar tap-tap-tap alentada por la suela de sus zapatos. Caminó de un extremo a otro de la habitación y confirmó que nada, aparte de ella, se movía. La pared estaba limpia de sombra. Se aproximó a lámpara. Sólo a contraluz sabría si aquel experimento habría dado resultado. Movió su mano debajo de la copa de la lámpara. En efecto, sólo era su mano, mano limpia de otras manos.
            Fando llegó al final de la tarde. Clarice lo esperaba en el sillón, desnuda. Esto le agradó. Una mujer que espera desnuda a un hombre siempre es la mujer soñada. Clarice no podía estar más blanca, como recién bañada. La besó en la frente.
            — ¿Notas algo distinto en mí? —se divirtió Clarice.
            Fando retrocedió para observarla. En estos juegos, cualquier cosa que se diga es un desacierto, por lo que se debe apelar a lo invisible:
            —Estuviste viendo una película de Kim Ki Duk.
            — No, claro que no —dijo riendo.
            —Caminaste por la playa, recogiste piedras, besaste a algún barquero.
            —¡Fando, mírame bien!
            —Qué sé yo, Clarice —dijo liberándose de la corbata— Estás igual. Un poco más blanca.
— ¿Sí? —sonrió.
            Fando se detuvo de nuevo a observarla. Aquella blancura en Clarice podía significar tres cosas nada más, un baño de leche, el concierto de Aranjuez o la falta de su sombra.
            —Te cortaste la sombra.
            — Sí.
            Clarice saltó a sus brazos.
            — ¿Te cortaste la sombra?
            Dijo Fando, sorprendido, y miró la pared, donde una vez, hubo otra Clarice.

 (5: Comida para un barril) 

            A seis metros de casa, Fando divisó el bote de basura, y en su interior, dos objetos sobresalientes. Eran las piernas de Clarice. Rígidas, blancas, cruzadas en equis. Palideció. Los pies todavía estaban calzados, y conocía esos zapatos rojos, conocía el olor a alquitrán de los zapatos rojos, el ruido que hacían los zapatos rojos sobre la cerámica, la vitalidad que cobraba Clarice cuando caminaba con ellos por la avenida Landaeta. Apresuró el paso. Tomó ambas piernas y entró a la casa. Clarice dormitaba en el sofá. Había olvidado apagar la televisión.
            Acomodó las piernas en el rincón, con alguna dificultad, hasta que pudo incorporarlas sobre los tacones de los zapatos rojos. Apagó el televisor. Miró a Clarice, cada vez más incompleta. Arrimó hacia un lado algunos libros y se sentó en la mesilla. ¿Qué pretende?, pensó. ¿Dejarme lo peor, el lugar donde se adosan las vísceras, los riñones, las costillas?
Levantó la manta con la que Clarice cubría su última mutilación. Miró el espacio vacío. Las piernas no estarían allí jamás, en este momento vacilaban sin equilibrio sobre los cimientos de los zapatos rojos, apoyadas en el rincón, suspensas, como manteniendo a una mujer que espera un taxi en una esquina. Una mujer por la mitad, eso era Clarice ahora. Ha dejado un espacio sobrante en todo lo que cupo; en la cama, en el auto, en la bañera, en la butaca del cine, en el columpio. Incluso dejaba un espacio sobrante dentro él, cada vez con el eco de una caja vacía, y quiso saber con qué tipo de relleno se cargan estos espacios interiores que la gente va llenando con aserrín. 
Una pierna perdió el equilibrio y cayó, haciendo un estruendo de plástico.
            Clarice despertó.
            —Hola —dijo.
            —Hey.
            Fando cruzó las manos y descansó su cabeza sobre los pulgares.
            — ¿Tienes mucho rato mirándome?
            —No mucho.
            — ¿Qué hora es?
            —No tiene importancia.
            Clarice se acomodó en el asiento. En el lugar donde estuvieran sus piernas adaptó un cojín de organza. Miró las piernas. Le incomodó ver una de ellas tirada en el piso, desubicada.
            —Tuve ganas de irme.
            — ¿De irte?
            —Tuve ganas de abandonarte.
            Fando miró las piernas. Las imaginó alejándose de la casa, cruzar la avenida seguidas de una maletita con ruedas.
            — ¿Eres infeliz? —dijo Fando.
            —No. Por eso a veces quería marcharme.
            —No entiendo.
            —Algo en uno jala hacia la desdicha.
            Fando miró hacia el piso. Supo de qué hablaba su mujer.

(6: Comida para Roland D. Laing)


            Fando arrastra la silla de ruedas mientras Clarice arrastra el carrito del supermercado, de forma que hacen un mini tren de dos vagones. En la sección de detergentes, una voz los detiene:
            —¿Fando?
            Fando gira. Una rubia le espera con sonrisa carmesí.
            — ¿Estela?
            —¡Fando! ¡Eres tú! —dice la rubia abrazándole—. ¿Cómo has estado? ¡Que guapo estás!
            Fando mira a Clarice, que se entretiene leyendo las instrucciones del desmanchante de alfombras.
            —Gracias.
            Hubiera querido decir: tú estás igual, pero en ese momento Clarice mueve la silla de ruedas y busca un frasco de suavizante.
            —Cuéntame. ¿Estudias, trabajas? ¿Te casaste? —pregunta Estela con apetito.
            Fando mira a Clarice. Estela también la mira.
            — ¿Es tu esposa? —le susurra Estela deseando lo contrario.
            —No, aún es soltero —responde Clarice sin dejar de leer la etiqueta—. Yo soy su hermana.

(7: Comida para un adagio)


            Fando marca siete dígitos desde el teléfono de la oficina. Al otro lado de la ciudad, exactamente al norte, otro teléfono repica. Repica tres, cinco veces. Nadie contesta. Fando marca de nuevo.
            — ¿Aló? —Responde Clarice, amodorrada.
            —Explícame qué mierda es esta, Clarice —Dice mirando el corazón que late en el interior de una caja de regalos, dejada por un joven nervioso en cuyo rostro notó que no le había satisfecho la propina.           
—Es mi corazón, Fando, qué te puedo decir.
            — ¡Por supuesto que es tu corazón, Clarice!
            Clarice carraspea.
            —Bueno, feliz cumpleaños. Por favor no llegues tarde, tus padres llegaron hace cuatro horas, te hemos preparado una linda cena. Tu madre salió un momento a comprar velitas. Está empeñada en esas que explotan. No quiero estar a solas con tu padre, abusa de mi tiempo, tengo horas leyéndole libros a capricho. Ya no puedo seguir leyendo una hoja más del Amante de Lady Chatterley, voy a quedar afónica, con qué voz y expresión y alegría voy a cantarte el cumpleaños feliz. Pero tampoco puedo negarme, ya sabes cómo es tu padre, y está más ciego que el año pasado, esto es una locura. Se parece a Borges en todo. En inglés quiere que le lea a Lawrence, en alemán a Schopenhauer, en francés, a Cioran. Ahora quiere que lea el Tao Te King.  ¡Cómo puede leer a Cioran y luego leer a Lao Tse, Fando! ¡Es escalofriante, indigesto, es como comer fresas con sardina! Pero esto no es todo. Para escuchar a Lao Tse me ha hecho prepararle té negro, y como no le queda picadura para otra pipa más, se ha puesto a elaborar un cigarro de marihuana. ¡No sabía que tu padre fumara marihuana, Fando! No me dejes mucho tiempo sola con él, tu madre no le atiende y me lo pasa a mí, por eso no creo que llegue tan temprano con las velitas. Vente rápido, habla con tu jefe, invéntale algo, dile que tengo una apendicitis, que me morí, que se te incendió la casa, no sé, no sé, dile algo. Por los momentos voy a prender incienso. ¿Sabes dónde están los inciensos? 
            —Pero, Clarice... Yo quería una camisa.

(8: Comida para un testaferro)


            Apartamento en ruinas. Clarice, Fando y un tercero, probablemente jurista, acaso llamado Domingo Gotopo, de entrecejo tupido y gafas de carey. Rodean la única mesa del bufete, iluminados a duras penas por una lámpara de gas. 
            —El problema, tal como está planteado, no parece tener solución por esta vía —dice Domingo Gotopo, mirando a la pareja— pues los contratos entre particulares en esta área, no son aplicables en Venezuela.
            Ve en el rostro de sus clientes la fe en la continuación de lo que ha dicho. Luego agrega:
            —Como tampoco podremos trabajar sobre una sucesión a título personal, pues aquí no existe forma de sucesión de una persona viva, como comprenderán. Lo más apropiado sería elaborar un testamento, que es un acuerdo entre vivos sobre la muerte —a Gotopo le gustó su propia expresión—. Es la única forma jurídica que transfiere, entre otras cosas, la parte del cuerpo que su cónyuge quiera legarle. En este caso, la señora Camila…
—Clarice —Corrige Fando.
—La señora Clarice Morales deja como patrimonio su dentadura. ¿No es así?
            —Claro, claro —responde Fando.
            — Ahora bien, ya que el causante beneficia con su herencia a uno o más herederos, mi pregunta es la siguiente: ¿Hay alguna otra persona, un pariente consanguíneo que pueda reclamar derechos sobre su dentadura? Porque siendo afirmativo, estos heredan el cincuenta por ciento de la herencia. En este caso, un maxilar para los hijos y el otro maxilar para el cónyuge. ¿Hijos naturales o adoptivos?
            —No tenemos hijos—dicen al unísono.
            — ¿Padres?
            —Mis padres están muertos —responde Clarice.
            —A falta de estos dos, el cónyuge deberá compartir su dentadura con sus hermanos, parientes colaterales.
—No tengo —responde Clarice.
—Es usted un hombre muy afortunado —dice Domingo Gotopo—, bien sabe usted que de no tener heredero alguno, la dentadura de su esposa pasaría como bien del Estado —sonríe para sí—. Es un chiste. Entonces, no queda más que decirle que la dentadura de su esposa pasará íntegramente a su poder, esto, claro, como comprenderá, después de su muerte.
La voz de Domingo Gotopo resonó en la habitación prácticamente vacía, y el eco le devolvió sus palabras con suavidad: después de su muerte, después de su muerte, después de su muerte.
—Quisiera saber —dice Fando— si existe una medida legal, de carácter prohibitivo, que garantice que mi esposa no pueda, bajo ninguna circunstancia, arrancarse la dentadura o agraviarla con cualquier tipo de daño.
—Oh —Y en ese instante, Domingo Gotopo, quiso fervientemente verla sonreír—. Hablaríamos entonces de una prohibición de enajenar y gravar. Ella tendrá prohibido la venta, el intercambio, el agravio, el alquiler de su dentadura. Y por supuesto, estará obligada a su mantenimiento. En caso de incumplir, será multada por el Tribunal y tendrá que indemnizar a la otra parte perjudicada, en este caso usted. ¿Está de acuerdo, señora Clarice?
            —Sí —dice sin dudar, amparada por una fe personal.
            —Yo pediría ante el juez la prohibición de enajenar y gravar su dentadura. Esto es un procedimiento dentro de un procedimiento grande. Debemos redactar un oficio que indique que esta dentadura es el único bien valioso. ¿Bien?
            —Sí, sí.
            —Lo imaginé —dice con despecho por las partes mutiladas de la mujer—. Para este fin, se procederá a hacer un inventario de su dentadura. El documento debe ser claro, cuántos incisivos, molares, premolares posee en el momento de redactar la prohibición.
            —Tengo mi dentadura completa. Dos muelas calzadas.
            —De acuerdo. A partir de ese momento usted tendrá la administración de sus dientes pero no podrá disponer de ellos.
            Luego dijo dirigiéndose a Fando:
— ¿Quisiera asegurar alguna otra parte del cuerpo de su esposa?
Ambos observan a Clarice. Es una una pregunta osada.
—No.
—Entiendo.
Y luego:
—Muy bien, muy bien. Les llamaré al tiempo de que el Juez determine si es pertinente o no. Todo depende de si declara con lugar.
—Gracias, doctor —dice Fando ofreciendo su mano y Domingo recibiéndola.
—No es nada, no es nada.


(9: Comida para una podadora)


            Fando duerme, profundamente lácteo sobre la cama. Clarice lo observa desde la puerta. Es un hombre suave, quizá inesperado sobre las cosas. Se hace el dormido, el amado. Los muebles imitan el peso de su carne. Todo calla cuando Fando duerme, que no es dormir: es un dejarse ver, de lo bello. Trae en sus nalgas la sustancia de las nubes, algo de leche coagulada le compone. A Clarice le provoca besarle, pero se guarda la boca, reprime el deseo por un pudor mayor. Sabe que si se marcha y cierra la puerta, su hombre quedará al mal cuidado del tiempo, y envejecerá. Entonces no tendrá valor para verlo envejecer. Le horroriza saber que lo despreciará en unos años.
            Sin pensarlo dos veces baja a la cocina, chorreándose por las escaleras. Toma un cuchillo. Se produce un ruido de agua exacerbada, un chapoteo. Clarice deja el cuchillo sobre la mesa.
Dos ojos marrones caen en el césped del vecino.


(10: Comida para una  multitud)


            Las patas de un silencio metálico, hostil, aplastan los objetos de la casa.
Reprime sus estridencias, sus afluentes.
Fando lo sabe.
Está claro que los objetos han cercado a Clarice.
Puede notarlo.
             —desde el umbral de la puerta—
Los objetos constreñidos con ingenuidad, solemnes, abúlicos.
Sabe también que no encontrará en ellos las marcas del día que deja en las cosas algunas heridas visibles,
(el silencio y el orden han borrado la impronta de la cotidianidad
se han chupado las huellas humanas)
Esto lo obliga a buscar a Clarice por sus propios medios.
En la cocina,
          cada cosa ocupa su lugar
          sin traslucir nada espontáneo.
Nada se cuece.
Nada se desintegra.
 Ni siquiera apestan los racimos de ajo que cuelgan de la alambrada.
Así,
la lavandería,
la sala de té,
la azotea, vencida por un verano que fue desecando la ternura de las formas convirtiéndolas en cáscaras.
Las palomas se juntan para mirarlo con desafecto.
También son cáscaras de palomas.
Todo indica que algo está hecho.
¿A dónde habrá ido Clarice,
sin corazón
sin clítoris
sin piernas
sin pasado
sin ojos
sin mano derecha
sin sombra
sin sujetarlo ya a su amor?
— ¿Clarice? —gime.
            En el dormitorio, el televisor apagado restaura su carga hipnótica.
Clarice no está en la cama,
ni en el cuarto de baño,
ni dentro de la tina,
ni colgada de los ganchos de ropa,
ni metida del espejo.
Fando se deja caer en la cama,
       —tachando dentro de sí todos los lugares posibles en los cuales pueda encontrarla agazapada y con miedo.
            Allí
Sentado
siente los pellizcos.
            Ha pisado una multitud de hormigas.
            Lo muerden
            Como si fuera un hombre de madera.
            Las hormigas salen de debajo de la cama. Se dividen en cadenas nerviosas.   
            Van cargadas.
            Pero Fando se agacha.
Sopla.
Dispersa a la multitud que se congrega enérgicamente en algunos promontorios mayores.
            Son pedazos de carne.
            Mechones de pelo.
            Algunas hormigas se apiñan sobre un pedazo de fotografía.
            Es una fotografía picada en dos partes desiguales.
            La que tiene en la mano es la cabeza de Clarice.
            Los mordiscos de las hormigas han borrado parte del rostro.
            Fando busca la otra mitad.
            La consigue cerca de las patas de la cama.
            La completa.
            Clarice en el puente Primero de Mayo.
            Recuerda ese día, habían comprado entradas al ballet. Estaba hermosa, conforme.
            Fando retrocede.
            Se dilata.
            Estará a salvo en el rincón.
            Tarde o temprano tendrá que mirar
Tarde o temprano tendrá que mirar debajo de la cama donde las hormigas van a buscar algo grande, deslumbradas por un futuro mejor.
Debe mirar.
No sabe cuándo.
Pronto, pronto.
Quizá mañana.
            Cuando las hormigas hagan lo suyo
Cuando limpien la última imagen
de Clarice.


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