SOBRE EL VERBO VOTAR
Dentro de un níspero vivía un presidente que ya no
quería ser presidente. Dormía poco, comía mucho y había perdido el ingenio.
Tanto le aterraban las complicaciones que apenas veía un cuadro de Rubik se
deprimía profundamente. Ante la tristeza del gobernante, el vocero principal de
la cámara de despacho ordenó eliminar la página de sucesos de los diarios, y a
la semana siguiente fundó un semanario que solo publicara buenas noticias. Quedaron
prohibidas las conversaciones grises, nadie pudo ni siquiera mencionar la
muerte del Solitario George, que tras un paro cardíaco dejaba la tierra sin
descendencia, extinguiéndose con él toda la especie. En el palacio, las sirvientas
sustituyeron los tableros de ajedrez y rompecabezas por bonitos abanicos
chinos, y los libros de economía política fueron delegados por libros de cocina
tailandesa.
Un día, remojando los pies en la bañera en agua de
vinagre, al presidente se le ocurrió la idea de convocar elecciones para no seguir
siendo presidente. La decisión se expandió como pólvora en todos los medios, y
aunque su gabinete se pronunció de inmediato en contra de aquella ocurrencia,
la campaña comenzó no bien cantaron las urracas. Hubo reacciones de todo tipo, nadie
entendía muy bien el concepto. Por supuesto, a estas no elecciones se
postularon el panadero, un adventista y un militar. La gente estaba tan
confundida que no sabía a ciencia cierta si votando por algún candidato ganaba
o perdía. Especialistas en silogismos de todo el mundo arribaron a la pequeña
nación para tratar de desentrañar aquel enredo. El foro se hizo público. Uno de
ellos, a través de un lenguaje apofántico muy admirable, dejó claro que un no
presidente era síntoma de un no país, y que un no país, era síntoma de una
confabulación bastante compleja. El debate se prolongó por un buen tiempo, y como
los directores de hospitales y organismos de estadísticas no tenían claro si era legal nacer o no, se suspendieron
todos los nacimientos hasta nuevo aviso. El gobierno destinó un edificio con carácter de suspensus a todas las embarazadas, los
bebés con fecha pasada de parto cumplían meses allá adentro, hipnotizados por
la forma en que comenzaban a envejecer.
De aquel debate público salió todo el mundo más
confundido. Una misma persona podía cambiar de opinión hasta tres veces al día:
de ninguna manera votaré; claro que votaré; definitivamente me abstendré. Luego de decidir en apariencia votar o no votar, quedaba el problema de por quién hacerlo, elección que persuadía el cansancio, el miedo al castigo, la invasión, el apocalipsis, o la inercia. Por otro lado, los ancianos enseñaban la vieja táctica, votar por el menos peor. Quien
tenía la mala suerte de encontrarse con un amigo en aquel trance de indecisión,
sumaba a la lista de incertidumbres más obstáculos, o vagaba entre la opinión
de los más entendidos, o buscaba la sentencia más sensata, que tampoco parecía
ser ninguna. Los más conturbados asumieron que era mejor que la mayoría decidiera,
cosa que era harto difícil, porque la mayoría nunca había sido como entonces
una masa confundida.
La imposibilidad de decidir entre los candidatos disparó en la población cefaleas, insomnio, bipolaridad, apatía, histeria y paranoia. Por un tiempo no cupo un alma en la sala de espera de los psicólogos, quienes a su vez acudían a psicólogos, quienes a su vez acudían a psicólogos.
La imposibilidad de decidir entre los candidatos disparó en la población cefaleas, insomnio, bipolaridad, apatía, histeria y paranoia. Por un tiempo no cupo un alma en la sala de espera de los psicólogos, quienes a su vez acudían a psicólogos, quienes a su vez acudían a psicólogos.
Las elecciones se efectuaron contra todo pronóstico. Los
votantes salieron vacilantes de sus casas. Muchos electores se quedaron debajo
de las camas muertos de angustia. Los que habían vendido sus votos por el pan
de la cena, apretaban la quijada. Total que no hubo arrebatos de fe ni
convicciones. La gente tomaba su boletita de la máquina de votación y leía el
resultado como viendo el futuro, y salía espantada. Conforme pasaron las horas los
ceniceros se llenaron con pedazos de uñas. Las puertas se cerraron. En casa de
los más pesimistas se cargaron revólveres y se colgaron sogas en las vigas.
Esa noche nadie durmió feliz. En los sueños, la gente
era perseguida por salvajes dragones de origami, bocas de cañones, langostas, grapadoras, búfalos
enflaquecidos y hambrientos. El primero en despertar fue el no presidente
recién electo. Sintió una profunda inconformidad. Había ganado sin intención, había
sido elegido por un pueblo confundido. ¿Qué era? ¿Quién apostaría su vida por
él? Bebió una pildorita de diazepan y volvió a caer en un sueño profundo, donde
intentaba abrir las puertas de las casas que el pueblo había cerrado.

Reconosco que esto no es comentario en si, se trata de una advertencia para no caer en contradicción, debo disculparme si el resultado es todo lo contrario de lo que me prepuse al comienzo. Es decir un no comentario que lleva en su seno la semilla de su inoperancia como tal ya que un no comentario al gual que un no presidente fue no elegido, debe ser precisasmente eso, sin comentario.
ResponderEliminarGracias Sol...por este espacio, me entusiasma me encanta defintivamente confiezo mi adicción a tus textos, gracias amiga por este blog.
ResponderEliminarEs suyo entonces, mire que por su culpa soy escritora. Abrazo inmenso para el primer verbólatra que conocí
Eliminar